Verano 2018

Mi sentimiento hoy es el de flotar y dejarme llevar por esas aguas del amor, de ese amor a mí misma

Un hito, eso ha sido mi verano de 2018. Por decirlo de manera recatada, ha sido un verano significativo, una época.

Mi vida no se divide por años, soy demasiado mala para la retención de fechas, con trabajo recuerdo los cumpleaños de mis hijos y, en ocasiones, debo concentrarme para atinarle al año. De ninguna manera tiene que ver con una falta de interés, sino de una mala relación que tengo con esos símbolos exactos. Ahora mismo el mesero interrumpe mi inspiración para preguntar el número de mi habitación, y sólo levanto la mirada, la dirijo a ese pequeño letrero que lleva en la parte superior derecha de la camisa y con media sonrisa como gesto para acompañar, le digo: “No tengo la menor idea, don Filiberto”.

Por un segundo divago por la variedad y riqueza de los nombres propios, pero, afortunadamente, logro darme cuenta a tiempo y estoy de vuelta con aquella idea. Entiendo la existencia por etapas, ya sea que la marquen simples sensaciones, sueños, proyectos, aprendizajes, miedos, enamoramiento, cambios, descubrimientos, reacomodos o alguno de esos regalos que muy seguido nos otorga el universo, aunque no siempre estemos listos para verlos.

Mi historial existencial se rige por esos instantes donde el carrito de la montaña rusa se suspende en un lugar de significado, y ahí se da el proceso mágico de transformación hacia algo trascendente. Mi manera de ir marcando el camino y, según yo, ir cerciorándome de que voy en dirección correcta es mediante esa sensación de paz, que, por lo general, consigo cuando escucho ese grito interior y permito que, al brindarle mi atención, se transforme en un susurro lleno de sabiduría.

Julio y agosto de 2018 se quedan tatuados en mí como un verano de descubrimiento, donde he aprendido a dejar ir, a confiar y a recibir con profundo amor y entrega esos destellos que van alumbrando mi escalera. Soy consciente de que las cosas no pasan por simple casualidad y que, para llegar aquí, he tenido que nadar a contracorriente por muchos ríos, pero mi sentimiento hoy es el de flotar y dejarme llevar por esas aguas del amor, de ese amor a mí misma y, por lo tanto, hacia todo lo que me rodea, una etapa de entender que todo lo de afuera no es más que un reflejo de cómo estoy por dentro.

He aprendido que la entrega sí es posible si se deja el miedo, y eso es justo lo que me ha sucedido este verano: me he quitado el miedo, el miedo a la entrega, al compromiso, a sentirme, escucharme y tomar mis decisiones desde ahí, desde la certeza. Por eso este verano se ha convertido en una etapa tan importante. Dos meses que parecieran años que han pasado volando. Días sin horas, como en las que habitan los enamorados, segundos eternos que marcan el tiempo del amor. Un espacio atemporal al que le cabe un mundo de recuerdos. Al mes de agosto le quedan pocas horas y yo le agradezco por dejarme con el corazón tan lleno. Me siento bendecida y desde ese lugar le doy las gracias a este verano que ya empieza a declinar.

Temas: