Innumerables son las razones por las que la vida cambia. Instantes que flotan por el tiempo en los que regresa el olvido y el hecho de estar simultáneamente. La vida no se detiene, pero tampoco sigue. Es raro lo que sucede cuando te entregas a ese instante. La tarde me cae con su peso completo en la cabeza, y la noche comienza a aplastarme con toda su negrura; y la mañana... la mañana pareciera que se transforma en algún tipo de promesa... quizá llegué...
Estoy sentada sobre la arena envuelta en una toalla blanca, y frente a mí hace su danza una familia de palomas negras. Fijo la vista hacia adelante, el mar intenta decirme algo y, como tantas otras veces, no lo entiendo. Aun así hablo en voz alta: “Llévate lo que ya no me sirve en esas olas, devuélveme en esta agua salada mis ilusiones de niña, lo simple y la pureza... báñame en la luz de esta tarde, y ahí redime a esta niña-mujer guerrera, que no comprende del todo por qué lucha, pues hay momentos en que hasta la marea se confunde”.
La vida no es un cuento de hadas, sino un espacio en el que conviven muchos que por alguna razón no terminan de entenderse, quizá por eso la existencia, más que una historia, es un libro gigante de poemas. Hoy le pregunté a mi hijo de once años: “¿Qué es el tiempo?”. Respondió: “Algo que sigue y sigue”.
Los niños tienen una manera simple de ver las cosas. Hace muchos años, en esta misma playa, le hice a mi hijo mayor una pregunta similar: “¿Dónde termina el mar?”. En la arena, dijo.
Recuerdo que en aquel momento llegué a la conclusión de que las cosas terminan en donde empiezan. Hoy necesito regresar a ese espacio de entendimiento, donde las respuestas se dan de una manera natural; quisiera llegar a entender ese flujo de la vida, porque sólo entonces sucede algo, algo casi intrascendente, que pareciera ilusorio, pero que es muy cierto, tan cierto como la vida que nos pasa. Cuando llega la certeza podemos sacar la cabeza de ese mar sin fondo y salir a respirar. Sólo es un instante, un ratito, un momento en que dos personas se miran a los ojos y el universo se vuelve atemporal, espacio lleno y vacío, donde las preguntas existenciales se vuelven absurdas y las dudas ridículas. La vida fluye y te habla en la misma lengua que usa para comunicarse el mar. El viento me abraza, la existencia se detiene y la marea recita un poema que habla sobre el ritmo y la constancia con que gira sobre un eje mágico a través del universo este... mi planeta.
