La diversidad de pensamiento

Siempre tengo la misma sensación en el momento en que decido empezar a escribir. Si ya tengo el tema decidido, lo que buscaré primero es esa frase, la que me permita abrir la puerta, pero en la mayoría de los casos lo que sucede bajo mi “cuidada cabellera” es un ...

Siempre tengo la misma sensación en el momento en que decido empezar a escribir. Si ya tengo el tema decidido, lo que buscaré primero es esa frase, la que me permita abrir la puerta, pero en la mayoría de los casos lo que sucede bajo mi “cuidada cabellera” es un verdadero despeine de ideas. Así es mi mente, caótica, siempre debatiendo sobre uno y otro tema, saltando de un sitio al siguiente y de regreso. Ése es mi proceso de pensamiento, hoy se ha convertido en un diagnóstico; el famosísimo déficit de atención, miles de niños no sólo encasillados por pensar de una manera distinta, sino, además, medicados para cambiar esa parte tan esencial. Siempre he querido ser normal, pero mi nivel de curiosidad y observación no me lo permiten. Hoy hablaba por teléfono con Lorena, mi mejor amiga, y me dijo, preocupada:

-Ay, no sé por qué nunca voy al día, me equivoco en miles de tonterías, jamás me alcanza el tiempo.

-Porque tu cabeza se ordena diferente, así como mi maleta —eso le contesté.

Mi madre trató de enseñarme, la mayoría de las veces, a base de castigos.

-No sales si tu cuarto no está recogido.

Lo único que me salvaba es que jamás se le ocurrió asomarse bajo la cama.

Somos caóticas y desordenadas para ciertas cosas, pero creo que me he vuelto medianamente buena malabarista para las cosas que me parecen trascendentes.

El amor y el arte.

El amor universal, el amor a mí misma y a la vida, la pasión por decir, por entender, por compartir, por ser, por fluir... ahí me encuentro hoy, en ese flujo existencial ante al que decidí rendirme. Hoy, más que angustia, me provoca risa mi maleta, y ni se digan mis cajones y esas cientos de libretas llenas de letras desordenadas, pero repletas de sentido, porque escribo lo que siento. Hoy que convivo con muchos artistas me doy cuenta de que sí pensamos diferente y, sin ningún intento por justificar lo que tantos consideran “mi desmadre”, he llegado a esta conclusión: vivo feliz así, si me hubieran medicado quizá mi vida sería muy distinta, quizá mucho mejor, pero aquellos impulsos que me mueven, que hacen latir intensamente mi corazón, quizá también se habrían esfumado. ¿Viviremos algún día en un planeta que verdaderamente acepte la diversidad de pensamiento? ¿No sería un mundo mucho más rico si cada uno pudiera vivir bajo las reglas de su propia naturaleza? No lo sé... como dijo alguna vez un sabio: “Yo sólo sé que no sé nada”.

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