Empatizo y agradezco en silencio

Hace dos días, a la una y cuarto de la tarde, miles de mexicanos no sólo guardamos silencio, sino que contuvimos el aliento. La alerta sísmica era un eco lejano. De pronto me encontré formada entre personas que discutían con calma sobre el volumen de ese aullido ...

Hace dos días, a la una y cuarto de la tarde, miles de mexicanos no sólo guardamos silencio, sino que contuvimos el aliento. La alerta sísmica era un eco lejano. De pronto me encontré formada entre personas que discutían con calma sobre el volumen de ese aullido preventivo, entre aseveraciones y suposiciones de que si era responsable o no la delegación. Yo callé, cerré los ojos y desvié lo más que pude la atención de mis oídos; intenté hallar un resquicio de silencio para guardarlo en memoria de aquel día idéntico marcado con moño negro en el calendario de hace un año.

Qué tristeza. Se siente el hueco en el estómago al evocar aquella sensación de recorrer en una motocicleta las calles de la colonia Roma y la Condesa. La impotencia, la solidaridad, la desesperación, el dolor, el miedo, la tragedia aplastaba a muchos de nuestros hermanos. Hoy con esa alarma, que debo admitir apenas se escuchaba, recordé estar parada formando parte de una valla humana frente a los escombros; recordé ese silencio desgarrador que ponía en modo de pausa a nuestros corazones cuando los rescatistas pedían con el puño levantado ese silencio. Qué noche tan triste, qué desamparo, qué impotencia y qué gran dolor, pero, también qué mágico el sentimiento de unión, el amor que pareciera emana naturalmente de la esencia humana, o por lo menos eso fue lo que nos pasó a los mexicanos. ¿Seremos de verdad un pueblo conformado por personas que van rellenas de amor caminando por ahí? Si es así, ¿a qué se deben esos índices que van a la alza en las estadísticas sobre la violencia y la corrupción? ¿Será que, para reaccionar, el ser humano necesita que se le mueva el piso? El simulacro de sismo que se llevó a cabo esta semana en mi país lo viví, más que como una medida preventiva, como un homenaje a las víctimas, como un eco del ruido y del silencio de esas noches sin descanso buscando vidas bajo las ruinas, sobre esas mañanas que amanecían aterrizando forzosamente en una realidad que parecía sacada de una pesadilla. Ha pasado un año ya y sí, la vida sigue, y para algunos el dolor se fue esfumando; para otros, no. Mi casa tuvo alguna grieta superficial, ahí están las cicatrices; mis familiares y amigos están aquí, pero puedo empatizar con el profundo dolor de los que no corrieron con la misma suerte. Qué aleatoria es la existencia, lo pensaba el otro día que fui a correr al bosque y me encontré una oruga de mariposa blanca muerta a la mitad del camino. Recuerdo que me detuve a admirarla y pensé en lo azaroso de la vida. Ese ser diseñado para volar terminó sus días arrastrándose en el piso, no cumplió su propósito. Así pasa, así es la vida. Mi más sentido pésame para las víctimas que cumplen un año de aquel trágico momento. Los demás agradezcamos que, por más que sean muchas las ocasiones en que en el juego del vivir se nos mueve el piso, aún estamos aquí para hacer algo hermoso de este pedacito de eternidad que a cada uno nos ha tocado.

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