El sin sentido...
Me gusta escribir en los cafés, un lugar donde alguien te atiende sin molestarte.
Los filósofos pesimistas de los dos últimos siglos niegan la posibilidad de la felicidad, ya que el motor de la existencia misma es el deseo y éste, ya sea porque se cumpla o no, siempre habrá de conducirnos hacia esa resbaladilla por la que, según Schopenhauer y Cioran, habremos todos de resbalarnos.
Me gusta escribir en los cafés, quizá porque es un lugar donde alguien te atiende sin molestarte y, de paso, puedes robarle a la realidad algo de inspiración. La mujer que me sirve el café tiene un tatuaje gigante en el antebrazo, una especie de infinito y sobre éste una cruz con doble línea horizontal, por hacerle plática, o por justificar el habérmele quedado viendo más de lo normal, le pregunto: ¿es una cruz y un infinito? A lo que me responde, la verdad no lo sé bien, la vi en internet y me gustó, sale también en estampados de playeras. No supe qué decir, yo tengo bajo la muñeca un tatuaje de dos centímetros, lo medité mucho tiempo y lo que más me importa es la historia detrás de él, esta mujer se había hecho algo enorme en todo el brazo y aquel garabato carecía de significado. Pensé en Schopenhauer de nuevo, lo que estaba presenciando claramente hablaba de una sociedad carente de sentido... No pude, como muchas otras veces, quedarme callada y cuando volvió a acercarse la llamé. –Perdón, pero nunca te ha dado curiosidad saber cuál es el significado... A lo que me contestó –Creo que es una cruz satánica. –¿Y tú estás metida en esas cosas? Volví a entrometerme y le pregunté. –Ay, no, para nada, cómo cree, me respondió.
Esta joven mujer se dice “feliz” con su tatuaje, para mí es claramente otra víctima de esta época que se caracteriza por la desaparición de la utopía. La felicidad, ésa que no se basa en el afuera y los placeres inmediatos, se encuentra, precisamente, en una vida con sentido, y ésta sólo se logra encontrar si miramos hacia adentro.
La mujer del tatuaje es sólo un pequeño ejemplo que ilustra cuántas veces hacemos las cosas sin contenido y sin tener una razón de fondo, mientras la forma nos guste, lo demás sale sobrando. Esto, aunado a la bancarrota de valores y a la inmediatez, nos hace vivir en una especie de antitolerancia a cualquier tipo de frustración del individuo, que busca constantemente placeres momentáneos para no sentirse tan perdido. Ahí le doy la razón a los filósofos, una sociedad sin sentido sólo puede conducirnos al camino empedrado de la decepción.
