El lugar donde los niños crecen

Ella detiene su lengua para escuchar su sangre. Se lanza al abismo profundo del silencio, dispuesta a caminar el mundo a cualquier precio con tal de encontrar a su recién nacida libertad. Una y otra vez repite la situación en su cabeza. ¿Sabes dónde ...

Ella detiene su lengua para escuchar su sangre. Se lanza al abismo profundo del silencio, dispuesta a caminar el mundo a cualquier precio con tal de encontrar a su recién nacida libertad. Una y otra vez repite la situación en su cabeza.

—¿Sabes dónde estás? 

—¿Aquí? 

—No.

—Más cerca.

Recorre las calles muy lejos dentro de la noche.  El cuarto permanece oscuro, una vela encendida y una mirada que la hace parecer un fantasma bailando en una casa abandonada. Una parte de ella salió de un libro, un cuento de terror y de esperanza. Ha descubierto los códigos secretos, y por eso ha tirado sus zapatos viejos. Tiene agenda propia y se dedica a aprender a reírse de su sombra. Esa niña es un verbo transitivo e impredecible. Esta hecha de deseos, reglas, secretos y miedos absurdos. Nuevamente escucha la pregunta: 

—¿Es eso lo que quieres? 

—Sí.

—¿Estás segura? 

—Sí.

Sabe que el tiempo pasa y que la vida no espera, que debe volar, pero aún hay veces que le teme a las alturas. Vida y muerte. Sabe que todo depende de ellas dos. Le vieron pasar por tierras desconocidas. “Bienvenida”, susurró el conejo. Has llegado al lugar donde los niños crecen. Ella sólo sonrió pensando en que el azul es el color del amor. Algunas cosas son tan sólo lo que son. Después siguieron hablando sobre el mar y descubrieron un mundo lleno de maravillas. Adiós, Alicia.

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