Montaña abajo

Todos nacemos libres y a todos nos llega la hora de renacer cuantas veces queramos

Cierro los ojos y mi mente es del color de esa capa de agua que cubre la montaña por donde he tenido la suerte de deslizarme estos últimos días. Ayer por la tarde me subí sola, los demás decidieron parar por las condiciones de la nieve. Yo quise seguir no sólo por la sensación de libertad que me da practicar este deporte, sino por ese contacto conmigo misma que encuentro en el silencio que se va rompiendo, a mi paso, el sonido de la fricción de mi cuerpo contra la montaña; ahí descubro mi propio ritmo, se necesita concentración para estar atento a la realidad y a la metáfora simultáneamente.

Ayer, mientras subía, escuché a una mujer que le decía a su pareja que quería evitar born free a toda costa, ése es el nombre de una de las pistas. Al ir bajando la encontré y pensé que sería mejor evitarla, yo también; me detuve a pensarlo por un momento y vi un letrero que decía: “Por aquí es más fácil” y, recordando las palabras de mi madre, “cuando sientas miedo, hazle caso”, seguí lo que parecía ser la voz de mi instinto. En realidad se trataba de esa otra vocecita que solamente repite condicionamientos. Una vez más, lo aprendido le había ganado a mi intuición, lo supe cuando aparecí justo del otro lado del pueblo, sin pila en el teléfono celular y con todos esperándome, tuve que volver a subir y esquiar hacia el otro lado hasta volver a llegar, casi una hora después, al mismo punto.

Born free. Hasta el nombre era parte de la ironía. Todos nacemos libres y a todos nos llega la hora de renacer cuantas veces queramos. Entonces lo entendí y tuvo sentido el hecho de que nuestros miedos no dejarán de manifestarse mientras no los enfrentemos, así que bajé por born free con atención, pero sin miedo, marcando mi propia y auténtica cadencia, sin seguir los pasos de alguien, sin pedir direcciones ni consejos, con la mente vacía de esas ideas que a veces se apoderan de mi pensamiento, sin ese miedo que en ocasiones me paraliza, sin recuerdos que me aten, sin juicios ni dudas, sin ninguna preocupación, el paisaje y yo... inmersos en el instante, ahí donde la vida fluye y la magia realmente se sucede. Es más fácil fluir montaña abajo que en medio del caos, del ruido y el tráfico citadino, pero, al final, fluir es una cuestión de actitud, de contactar con tu propia voz y con tu ritmo interno, de enfoque y constancia. Te deseo, desde aquí, que tengas una muy fluida Navidad.

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