Soñar

CIUDAD DE MÉXICO. Existe un mundo, digamos una frontera sutil, donde las irrealidades se reinventan y el papel se hace más blanco con el tiempo. Por alguna razón que desconozco, el tiempo entre los sueños puede ser eterno o un simple instante, todo depende de tu ...

CIUDAD DE MÉXICO.

Existe un mundo, digamos una frontera sutil, donde las irrealidades se reinventan y el papel se hace más blanco con el tiempo. Por alguna razón que desconozco, el tiempo entre los sueños puede ser eterno o un simple instante, todo depende de tu curiosidad.

En uno de esos viajes sin cuerpo me topé con un hombre. Él me confesó a qué se debían sus desvelos. “Por cada noche que no duermo se me cae un pelo .” Por eso criaba ovejas, no por su lana, sino para saldar su insomnio al contarlas por las noches. Al poco tiempo volví a encontrarme al personaje. Aún le quedaban siete pelos, había abierto una cantina donde regalaban barbacoa y ahora dedicaba sus noches enteras criando gallos para poder despertar.

Ese mismo hombre me dijo que me amaba y, aunque le creí, como prueba le pedí tres cosas: la hoja más verde de un árbol, un pedacito de esa cuerda imaginaria de la que cuelga la luna y un minuto condensado en una bola de nieve, de esa que no se derrite nunca. Todo me lo dio envuelto en la sonrisa más sincera. Ni en el sueño sé qué hacer con ello, así que lo guardo. Ya llegará la noche en que soñaré con alguien que habrá de pedirme lo mismo, y yo se lo daré, con todo lo que eso represente. Sabía que soñaba esa noche cuando en isla se transformó mi cama. Cosas como esas no pasan en la vida real. Poco a poco, al acercarse iba creciendo la barca y la conducía un pirata; eras tú y te alisabas un pelo con el dedo. Por las avenidas del silencio, dentro de una botella de vidrio que tapaste con un corcho que olía a jugo de uva añejo, me enviaste un secreto. Decía: “Si algún día vuelvo a encontrarte por estos mares, te pido que me sonrías y, por favor, no cubras con frases casuales lo que no es casualidad”. Segundos más tarde, aquel mensaje fue arrastrado por el viento, por ese que empuja fuera de nuestras vidas los buenos y malos recuerdos. La isla creció hasta volverse el mundo entero. Es fácil perderse en un lugar tan amplio, por ello tracé sobre las líneas de la palma de mi mano un mapa e inventé la rueda. Mi expedición la patrocinaba Isabel de Castilla. Hernán Cortés se había quedado ciego ante la belleza deslumbrante de la Capilla Sixtina. No me inquietó, ya que a bordo de La Niña un tal Copérnico comandaba. Tras dos años, Fidel Castro hizo su entrada triunfal a La Habana y el mundo, ya enorme, regresó a ser un ermitaño y pequeño islote donde la gente baila para hallar su libertad.

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