El poder del presidente en México tiene dos limitaciones: el término sexenal y su sentido de responsabilidad.
Adolfo Ruiz Cortines
¿Es un asunto político? Desde luego que lo es. Hay principios qué respetar, hay deberes qué cumplir. Sin embargo, no se entiende así. Cuando nos referimos a que algo corresponde al ámbito político, entramos a la penumbra, a la pérdida del sentido común, al ejercicio del poder sin consideración de ningún valor. Lo importante es lograr lo que se quiere. En otras palabras, el político es un “logrero”. Alguien con habilidades muy distantes de las virtudes. Un mago.
El instrumento por antonomasia para hacer política es la palabra. Su fracaso da pie a la violencia. La palabra debe revertirse de honor, credibilidad, confianza. Si la prostituimos se imposibilita el acuerdo. Es el elemento de altruismo, pero puede degradarse para sembrar odio y propiciar el conflicto, que es la ausencia de la política.
Toda mi vida he hecho discursos, desde presentaciones de quinceañeras hasta oraciones fúnebres. Me angustia constatar que ahora se hacen mediante la tecnología y muy buenos, por cierto. Pero siempre hay señales para ser optimistas. Dos discursos recientes nos hacen constatar que la palabra aún convence. El pronunciado por Mark Carney, primer ministro canadiense, y el de Carlos III, del Reino Unido. Reflexiones históricas, permanente mención de fundamentos morales, pronunciados con parsimonia y elegancia; sin estridencia y con fina ironía. Son textos modélicos. Un líder insistiendo en el acuerdo entre naciones para garantizar la subsistencia de la humanidad. Un monarca hablando de frenos, contrapesos y de democracia.
México ha tenido gobernantes que respetaban la palabra. Miguel Alemán estaba consciente de las fallas de su gobierno: el señalamiento de corrupción y su protagonismo. Se requería un sucesor sereno, serio, para dirigir el país, privilegiando el cuidado de la estabilidad.
Para mí, Ruiz Cortines fue el mejor presidente del siglo XX. No utilizó la fuerza represora del Estado, sino en casos muy contados después de agotar las negociaciones; fue un gobierno honesto; se alcanzaron excelentes resultados en desarrollo económico y control de la inflación; hubo cohesión social y selección escrupulosa de servidores públicos. El país percibió un aceptable Estado de derecho. Fue un presidente aburrido, parco en el decir y eficaz en la operación política. Sólo modificó la Constitución para reconocer el voto a la mujer. No fue ni remotamente demócrata; concentró el poder y lo ejerció con prudencia y sensatez.
Lo anterior viene a cuento por el momento que vive México. Hay que aprender de la historia. Por ejemplo, de la sólida amistad, muy rara en política, de Lázaro Cárdenas y Manuel Ávila Camacho. Fueron respetuosos al extremo de que, a pesar de sus diferentes métodos para gobernar, no hubo resquebrajamientos de la vida institucional.
Hemos sobreestimado lo que se puede hacer desde el gobierno. Hay que sospechar de quienes ofrecen mucho, son los que más engañan. Como ciudadanos, debemos ser realistas para desarrollar nuestro potencial personal. Los tiempos que vendrán serán tormentosos.
Con todo y las abrumadoras sugerencias para que se asumiera responsablemente un auténtico liderazgo, más allá de banderas partidistas, se mandaron claras señales de continuidad absoluta. En 1981 se publicó un libro que planteaba un tema que, al paso de los años, no pierde actualidad: La disputa por la nación. Señala dos proyectos de desarrollo: el neoliberal y el nacionalista. Algunas voces de izquierda advirtieron de los riesgos de imbricar las economías de Norteamérica. Rolando Cordera y Carlos Tello hacen un relato objetivo de los pros y contras. Triunfó la propuesta neoliberal. Pensar hoy en una rectificación sería enfrentarse a una crisis de consecuencias desastrosas.
Ahí está el mayor desafío: devolverle el valor a la palabra y actuar con responsabilidad.
