Cultura y democracia

Para un ser consciente, existir consiste en cambiar, cambiar madurando, madurar creándose indefinidamente a sí mismo.

H. Bergson

Definir la cultura reviste una complejidad monumental. Digamos que es todo aquello que el ser humano le ha agregado a la naturaleza. La democracia es entonces parte de la cultura. En el núcleo de la cultura democrática yace el principio elemental: el ciudadano es capaz de pensar razonadamente, de tener conciencia para distinguir lo bueno y lo malo y de asumir las consecuencias de sus decisiones. Para su funcionamiento exige que el comportamiento humano asimile valores; de lo contrario, se degrada a ser contienda estéril, equiparable a la barbarie. 

México no ha tenido ni tiene una tradición de respeto a la dignidad de la persona. La clase en el poder no cree que seamos aptos para ser libres y responsables. Somos “mascotitas”, títeres, sujetos mutilados a los que hay que auxiliar en su conducción y manejo. Tres ejemplos señeros:

Porfirio Díaz declara en 1908 que ya cumplió su misión: México está preparado para vivir en un auténtico Estado de derecho. Sin embargo, se reelige en 1910.

Plutarco Elías Calles convoca en 1928 a pasar del país del hombre indispensable al de leyes e instituciones. Crea una estructura para seguir mandando sin ningún recato (periodo del Maximato)

Andrés Manuel López Obrador, con su estilo simplón y jocoso, grita en todas las plazas públicas durante varios lustros, “el pueblo pone y el pueblo quita”, pero incrusta en los cargos de elección popular a personajes obsecuentes, muy alejados a una auténtica vocación de servicio.

Es una verdad de Perogrullo, de una obviedad grotesca. Las instituciones no sirven si quienes las dirigen no son los idóneos. Así como se habla de la extrema izquierda y la extrema derecha, deberíamos hablar de la extrema ineptitud. El servicio civil de carrera está hecho añicos. El malestar de la población da prueba de ello.

De la raíz griega polis (ciudad) se desprenden dos oficios, el policía que cuida el orden con sus armas y el político que hace justicia con las herramientas del Estado. Pero resulta que el primero se alió con el delincuente y al segundo lo dominó su interés personal.

No es necesario abundar en datos que se repiten machaconamente para describir nuestra trágica realidad. Propongo mi utopía.

Si lo que se requiere es aprender democracia, el asunto es materia de pedagogía política:

En todos los niveles se replica. Quien asume un cargo piensa en quién debe sustituirlo. Esto es, que cuide su “legado, la primicia de la impunidad. Se pierde la necesidad de concebirse como transitorio detonado por el sentimiento narcisista.

Manuel Gómez Morin aconsejaba “No ambiciones lo que no mereces”. Para nuestro infortunio, nadie hace caso. A la hora de decidir candidatos, en todos los partidos se apuntan presurosos aspirantes sin hacer el ejercicio ético para analizar sus atributos en relación con el perfil del puesto en disputa.

Las cámaras legislativas han sido la institución más menospreciada. Se han ignorado los requerimientos del trabajo parlamentario para priorizar el reparto de cuotas. Ciertamente, conciliar la representatividad y la capacidad en el desempeño del cargo es uno de los mayores retos de los partidos.

La ciudadanía debe aguzar la percepción de la autenticidad, pues la tenemos gravemente atrofiada. Hay que inclinarse por quien razonablemente ofrezca mayores posibilidades de trabajo eficaz. Algo tan simple no ha sido la práctica.

Tenemos poco tiempo. Hay que crear un ambiente de civilidad, un esfuerzo colectivo contagiado por un fuego interno en cada ciudadano consciente del momento que México vive.

Todo lo anterior corresponde al ámbito de la espiritualidad, de la condición humana, de la autoestima. ¿Y en qué consiste eso? Es tema, por lo pronto, de reconocer nuestra realidad y actuar en consecuencia.