Sortear el desdén

Santos Balmori ayudó a formar a artistas como Luis Nishizawa, Juan Soriano y Francisco Corzas.

A 31 años de la muerte del pintor Santos Balmori (1898-1992), su figura y su obra han navegado sobre un río solitario de injusticias y bloqueos institucionales que lo llevaron a la invisibilidad y a dejarlo fuera del sitio de honor que merece en la historia del arte mexicano.

Como ejemplo, baste recordar la fallida retrospectiva que el Palacio de Bellas Artes le dedicó en octubre de 1989, bajo la idea de reivindicar su trabajo, soslayado por el ecosistema creativo de su tiempo, dado que su trazo no encajaba en la implacable voz del nacionalismo.

Hijo del asturiano Ramón Balmori y de la mexicana Everarda Picazo, el creador fue llevado de la Ciudad de México a Asturias, España, a los cinco años. Su vida fue una aventura llena de pérdidas y tristezas, que lo llevó a viajar entre España, Argentina, Chile y París. Además, su trabajo le valió algunos premios internacionales y la adquisición de obra por parte del Museo de Arte Moderno de Madrid, la cual se perdería durante la Guerra Civil española.

Luego de varias tragedias personales y artísticas,

Balmori retornó a México en 1935 y, durante las siguientes décadas, batalló con el medio artístico nacional hasta posicionarse como un referente al margen, e incluso ayudó a formar a artistas como Luis Nishizawa, Juan Soriano, Francisco Corzas, Pedro Coronel y José Zúñiga, entre otros.

De acuerdo con el relato de Gerardo Traeger, curador, coleccionista y amigo del pintor, quien impulsó aquella retrospectiva en Bellas Artes, inaugurada en los últimos días de octubre de 1989, no resultó como se esperaba, pues, luego de su apertura, Fernanda Matos Moctezuma, entonces titular del Palacio, supo que el presidente Carlos Salinas de Gortari leería su Primer Informe de Gobierno en dicha sede, por lo que el Estado Mayor Presidencial (EMP) le indicó que el recinto debería desocuparse, por motivos de seguridad, en las 48 horas siguientes.

Entonces, la funcionaria buscó a Traeger y le detalló la situación. En respuesta, el curador y los alumnos del artista enviaron una carta al Presidente para solicitar que la muestra no fuera retirada, pero la petición no fue escuchada y, una vez cumplido el plazo, el EMP descolgó los cuadros y, sin embalaje alguno, llevó las piezas a la banqueta, donde Traeger las subió en camionetas y trasladó a su galería.

“Recogí los cuadros en la banqueta, mientras el Estado Mayor los sacaba, apoyado en la lista que me dio Fernanda, quien (me la entregó) llorando, avergonzada, maniatada y ultrajada como directora del Palacio”, lo que derivó en una escalada de reclamos y quejas de los coleccionistas, recordó Traeger en breve entrevista.

Al margen de esta narración, el coleccionista apuntó un par de injusticias adicionales.

La primera ocurrió cuando el Museo de Arte Moderno (MAM), dirigido por Sylvia Navarrete, negó la posibilidad de hacer una revisión de Balmori, pese a la sugerencia del investigador y curador Luis Rius y de contar con la indagación documental de Traeger: “Cuando Luis Rius le preguntó por qué no había aprovechado la oportunidad de hacer la revisión, ella le dijo: ‘¡Tú y tus exiliados españoles!’, lo que mostró su ignorancia”.

Y la segunda ocurrió en el Museo Mural Diego Rivera, cuando Luis Rius, entonces director del recinto, planteó a su consejo la posibilidad de exhibir algunas piezas de Balmori, a lo que Guadalupe Rivera Marín expresó algo así: “¡Ningún enemigo ideológico de mi padre expondrá en un museo que lleve su nombre, mientras yo viva!”.

Por suerte, la obra de Santos Balmori volvió a la palestra cultural esta semana, en el Museo Nacional de Arte (Munal), con La huella indeleble, la más importante revisión que, ahora sí, intenta reivindicar a este artista silenciado, luego de tres décadas de bloqueos e injusticias.

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