Paz y su laberinto
Es posible que deban venderse tres inmuebles del Nobel para dar recursos al fideicomiso para resguardar su legado.
Es posible que las autoridades capitalinas deban vender, al menos, tres de los cuatro inmuebles que pertenecieron a Octavio Paz, ubicados en Río Guadalquivir 109, Lerma 143, Plinio 333 y Porfirio Díaz 125, para dotar de recursos al fideicomiso que se creará para garantizar el resguardo y la difusión de su legado.
Aún no hay detalles específicos, pero los derechos de autor (que generan 9 mdp al año) no serán suficientes para concretar el fideicomiso y asentarlo en la cuarta sección de Chapultepec, tal como lo anunció hace un par de días la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum.
Dudo que los empresarios mexicanos quieran hacer algún donativo para conformar dicho fondo, considerando la mala experiencia que se vivió con la extinta Fundación Octavio Paz (FOP), constituida el 11 de diciembre de 1997 en la Casa de Alvarado, Coyoacán, cedida por el gobierno de Ernesto Zedillo para albergar dicho organismo.
La historia de aquella fundación ha sido relatada con puntualidad por el curador e investigador Héctor Tajonar, pero valdría la pena recuperarla para comprender por qué una parte de la comunidad cultural de México exige transparencia sobre cada decisión tomada acerca de este legado.
Aquella fundación, ha comentado Tajonar (Proceso, 05/05/2014), se conformó a finales de 1997, con la donación de un millón de dólares de empresarios como Manuel Arango, Antonio Ariza, Emilio Azcárraga Jean, Alberto Baillères, Isaac Chertorivski, Carlos González Zabalegui, Germán Larrea, Bernardo Quintana, Alfonso Romo Garza, Carlos Slim y Fernando Senderos, y una aportación del gobierno federal para alcanzar la suma de 100 mdp, al tipo de cambio de ese año.
A cuatro meses de su integración, brotaron los problemas internos entre los fundadores y el gobierno, que encargó a Miguel Limón Rojas (entonces titular de la Secretaría de Educación Pública) ‘resolverlos’. Cinco años después, el funcionario disolvió la FOP y creó la Fundación para las Letras Mexicanas (FLM), que hasta hoy preside. Me pregunto si la FLM, que actualmente opera en la Casa Estudio Cien Años de Soledad, querrá aportar un poco de aquel dinero que alguna vez tuvo la intención de fortalecer el legado de Paz. No lo creo.
Ojalá que la historia no se repita y que, en lo sucesivo, se transparente el proceso que llevará esta herencia. Por ejemplo, sería ideal que se exhibiera el documento con la disposición testamentaria que determina el ‘depósito’ del acervo documental (manuscritos, cartas, correspondencia personal) en El Colegio Nacional. Y también se debería aclarar si dicho Colegio recibirá recursos del fideicomiso de próxima creación para financiar la protección y el estudio del legado. Sería importante saberlo.
En efecto, cada persona podría formar su propia idea acerca del destino del cúmulo que Paz nos heredó. En lo personal, no le veo sentido a la decisión de ubicar las cenizas por aquí, los papeles por allá y el fideicomiso por acullá, ya que la sutil dispersión de elementos no lo hará más visible ni garantizará su acceso.
Así que no basta con repetir que el legado de Paz es patrimonio nacional y de lanzar unas cuantas loas al poeta, cuando lo que observamos es el acuerdo y la voluntad de un puñado de personajes que, a la sombra de un laberinto jurídico complejo y opaco, dividen las fichas sin tomar en cuenta la opinión de los otros.
DAÑO EN ARROYOZARCO
El pasado jueves, el usuario @jlarabayon denunció en Twitter la desafortunada intervención que hizo la tatuadora y artista Amanda Quintana en la capilla de Arroyozarco, construida en el siglo XVIII y levantada por los jesuitas en el Camino Real de Tierra Adentro, en Edomex.
Dichos trabajos fueron realizados sin el aval del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), por lo que ya asignó a un restaurador para que explore el área intervenida y determine el nivel de afectación. ¿De quién fue la idea?
