¿Leer en redes?
Dudo que alguien diga: “Voy a Facebook a leer un cuento o el reciente artículo de Irene Vallejo” o de Fernando Savater.
Un hombre camina bajo la lluvia por una calle repleta de baches. Lo hace en chanclas y avanza con desparpajo. De pronto, da un mal paso, tropieza, se desliza en la banqueta y pierde una sandalia, como lo registra una cámara de seguridad. Entonces se incorpora, pero al intentar recuperar el objeto perdido resbala de nuevo y cae de bruces en un charco que lo engulle. Este video, visualizado por más de 40 mil personas, va acompañado de la siguiente frase: “Cuando pienses que tuviste un mal día, sólo ve esto”.
En otra red social se aprecia otro video en el que cinco perros cruzan la frontera entre México y Estados Unidos, acompañados de la frase: “El perrito pollero no existe… El perrito pollero cruzando perritos ilegales”, visto por 165 mil personas, mientras una voz en off dice: “A gusto, mira, para Estados Unidos, sin batallar. Míralos, ahí van… ¿y la migra?, ni sus luces”.
¿Cuántos videos similares habremos visto en la última semana? Quizá usted ninguno, pero pregúntele a su acompañante o al amigo de su amigo. Al final, cientos de usuarios diariamente consumen estos contenidos, algunos con mejor narrativa y más texto, para sobrellevar la rutina y el aburrimiento en casa, en el transporte público, en la oficina, en el sanitario o para sortear las noches de insomnio, porque sólo en el universo digital hallamos estas adictivas dosis de felicidad instantánea.
Muchos más llegan a Facebook, Instagram, X o TikTok en busca de perritos y gatitos en situaciones random, memes, acciones chuscas y dramáticas, lo último de sus bandas, películas, series… o para revisar (a discreción) la vida de los otros.
No faltará quien entre a pedir consejos, reconozca que anda ligando o busque tips de jardinería, estadísticas deportivas, videojuegos o quiera ironizar con el desliz del político en turno. Muchos, por supuesto, alternarán estos contenidos con el top ten de noticias y no dudarán en dar clic a lo que diga incendio, balacera, ejecución, marchas y una que otra información general. ¿Cómo eran los tiempos de aburrimiento antes del internet?
Así que las redes se han convertido en espacios de catarsis colectiva que sólo sirven para reír, lamentar y “alzar la voz” en este mundo sin brújula. Por eso, descreo de los datos recién aportados por el Módulo sobre Lectura (Molec) 2025, del Inegi, en particular cuando afirma que “de los 103.9 millones de personas alfabetizadas de 12 años o más, ocho de cada 10 personas declararon leer (en) redes sociales (Facebook, WhatsApp, X, entre otras)”.
Dudo que alguien diga: “Voy a Facebook a leer un cuento o el reciente artículo de Irene Vallejo” o de Fernando Savater —habrá excepciones—, ni creo que alguien vaya a Instagram a compartir un libro de Paul Auster. Si acaso, algún distraído llegará al Instagram @sirihustvedt para descubrir que pronto publicará The ghost stories, lo que sus editores llaman “la obra más personal de Siri Hustvedt hasta la fecha, una conmovedora e íntima reflexión sobre el duelo, la memoria y el amor eterno, escrita tras la muerte de su esposo, el escritor, poeta y cineasta Paul Auster”. ¿Esto es leer?
Y de WhatsApp y Telegram ya ni hablamos —aunque existen comunidades cerradas que intercambian libros digitales pirata—, porque no estoy seguro si cuenten como lectura los laaargos mensajes que le envío a mis amigos, llenos de muletillas, dedazos y lugares comunes.
¿Será que el Inegi pronto incluirá en su medición leer la lista de la despensa, los carteles y la publicidad que nos rodea? Sólo falta que Claudia Curiel y Paco Ignacio Taibo II, titulares de la Secretaría de Cultura y del FCE, nos digan que leemos tanto como en Dinamarca y que somos potencia lectora. La realidad es que leer es un ejercicio que se realiza en soledad y, hoy, a casi nadie le gusta estar solo.
