La Casa-Cueva

Para conmemorar el 40 aniversario de la muerte de Juan O’Gorman, el Museo Nacional de Arquitectura inaugurará una exposición.

En los próximos días, el Museo Nacional de Arquitectura, ubicado en el tercer nivel del Palacio de Bellas Artes, abrirá una exposición dedicada al pintor y arquitecto mexicano Juan O'Gorman (1905-1982), creador de espacios imprescindibles en la CDMX como la Casa-Estudio Diego Rivera, el Museo Anahuacalli, la Biblioteca Central de la UNAM, la Casa Nancarrow —que abrió sus puertas el año pasado— y la Casa-Cueva, destruida en 1969, que será uno de los ejes de la muestra.

La exhibición en homenaje a O’Gorman insistirá en el peso de su obra, a unas semanas del 40 aniversario de su trágica muerte. Pero también sirve para recordar la historia de aquella Casa-Cueva (ubicada en avenida San Jerónimo 162, en el Pedregal) que en 1949 se convirtió en un espacio único, descrito por Betina Cetto como ejemplo de arquitectura fantástica.

Un acercamiento a esa historia lo aportó la crítica Esther McCoy en la revista Arts and Architecture (1982), en La muerte de Juan O’Gorman, donde definió aquella casa como “uno de los hitos de la arquitectura doméstica mexicana (…), algo más que un delicado ejercicio para hacer corresponder espacios de vida y trabajo con un sitio agreste, era el laboratorio donde Juan experimentaba el color y textura de su paleta de piedras coloridas y la escala de figuras que después aplicaría a la Biblioteca de Ciudad Universitaria”.

McCoy recordó que en 1965 la familia del artista decidió vender la casa, visitada por mil personas al año, a la escultora Helen Escobedo, entonces directora del Museo de Ciencias y Artes de la UNAM, y quien acordó verbalmente preservarla. La venta se consumó en julio de 1969, pero, de inmediato, el edificio fue destruido.

Al principio, O’Gorman aceptó la realidad con ironía. Sin embargo, en enero de 1970 le escribió una carta a McCoy en la que le confesaba que aquella casa había sido su única obra auténtica y le aseguró que Helen lo convenció de realizar la venta: “Ella nos aseguró que no destruiría la casa. ‘No soy una bárbara’, nos había dicho”, pero una semana después de la venta empezó la modificación”.

Se dice que la demolición se hizo con tal prisa que Helen no se esperó a tener la licencia y los inspectores llegaron cuando la obra avanzaba. Entonces se supo que no había planos de construcción y Escobedo admitió que proyectaba construir una casa diseñada por un estudiante de arquitectura. Surgieron las quejas, pero al no existir un documento que garantizara la conservación de la casa… fue imposible evitarlo.

A partir de entonces, la salud de O’Gorman se deterioró cada vez más hasta que, el 8 de enero de 1982, se quitó la vida. En un artículo de febrero de 2000, Elena Poniatowska recordó el hecho: “A partir de la destrucción, las depresiones de Juan se hicieron cada vez más profundas”, le parecía que los seres humanos eran abominables y estaba seguro de que, a la vuelta de la esquina, aguardaba la violencia, la catástrofe ecológica y el fin del mundo. Quizá no se equivocó. Cuarenta días antes de su muerte, Juan dejó de comer y, el 18 de enero de 1982, la prensa informó que el artista ingirió un pigmento venenoso, ató una soga a su cuello y se disparó en la sien.

APUNTE EFÍMERO

R Me gustaría preguntar a Lucina Jiménez, titular del INBAL, cuándo programarán la próxima exposición temporal en las salas del Museo del Palacio de Bellas Artes. Hace una semana que estamos en semáforo verde en la capital y no se ha anunciado exposición alguna. Desde El París de Modigliani no hemos tenido noticias. La pandemia es un factor, pero una exposición en dos años no parece suficiente.

R Desde este espacio expreso mi solidaridad con la UNAM. Es falso que la máxima casa de estudios sea individualista o haya perdido su esencia.

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