Golpe de timón en la FILPM
La feria olvidó las bondades del mundo virtual, en su programa se extraña la participación de autores internacionales y no logra seducir a los jóvenes.
Cuando un lector acude a la FIL del Palacio de Minería (FILPM) sabe que el costo de los libros no será el más bajo y que difícilmente hallará una oferta real entre los stands que visitará. Asimila que no encontrará tantas novedades editoriales; pero, si tiene un ojo entrenado, podría tropezar con algún título fuera de circulación a un precio moderado.
Aunque es cierto que otros optarán por ahorrar ese dinero y esperar el Gran Remate de Libros, que arrancará el 27 de marzo en el Monumento a la Revolución.
Ese lector también descubrirá que algunas de las obras que se presentan en la feria no están en los stands, dado que son los propios autores quienes las llevan; y lamentará su mala suerte cuando su presentación favorita ocurra un fin de semana en la Galería de Rectores, donde batallará para crear una barrera mental entre la voz de los comentaristas y el ritmo de los concheros que ocupan la Plaza Manuel Tolsá.
Observará cómo los jóvenes más entusiastas enfrentan la falta de tiempo, y de un espacio asignado, para que el autor les firme su libro; pues, una vez terminada la presentación —diseñada como fast-food–, deben desalojar la sala para que los siguientes participantes ocupen la silla –aún tibia–. Y será imposible detenerse en el filo de la puerta, porque un grupo de ‘inspectores del orden’ les anunciará que no se puede obstaculizar los pasillos; así que, en un acto de escapismo surrealista, terminarán junto a los baños.
Aquel lector deberá apartar sus 20 pesos (de lunes a viernes) o 25 (en fin de semana) para acceder al recinto histórico —obra maestra de Manuel Tolsá—, pese a que algunas editoriales que podrían interesarle —Fondo de Cultura Económica, Planeta, Sexto Piso y Panini— no estarán presentes, bajo el argumento de que no tienen fondos para cubrir el costo del stand, lo cual exhibe la insuficiente diversidad del ecosistema editorial, afectando a los visitantes, quienes deberán acudir a la librería más cercana… donde al menos tendrán aire acondicionado.
Casualmente, Sanborns, que desde hace varios años se instaló en la FILPM, ya abandonó la intención de vender libros —como ocurrió en sus primeras incursiones—, y ahora sólo funciona como cafetería.
Alguien dirá que el tema del aire acondicionado es una queja desmedida, pero se sabe que, por amor al libro, todo visitante deberá soportar eso y más. Lo increíble es que, a estas alturas, la feria utilice ventiladores de pedestal que emulan el sonido de mil abejorros para refrescar simbólicamente las salas entre un evento y otro, y que, a continuación, vuelvan el silencio y el sopor, tal como ocurrió durante la presentación del arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma. ¿Podemos entonces hablar de una FIL saludable?
Y a esto se suman otras observaciones. Por ejemplo, que la feria olvidó las bondades del mundo virtual, que en su programa se extraña la participación de autores internacionales, que no logra seducir a jóvenes de preparatoria y del CCH, aunado a la planeación deficiente que asigna salones pequeños a charlas y conferencias de amplia convocatoria.
Nadie niega la relevancia de la FILPM, dirigida por Fernando Macotela Vargas desde hace 25 años, de quien siempre se destacan su sentido del humor y su personalidad dicharachera. Sin embargo, este foro necesita algo más que unos cuantos ajustes, algo que garantice una convocatoria más robusta, dirigida a todos los públicos y con un esquema financiero que no le apriete el cinturón.
Así que, más allá de números negros y rojos —lo cual Macotela sí comentó el pasado 7 de febrero, aunque ahora lo niegue—, es tiempo de que los comités ejecutivo y organizador, donde el rector Leonardo Lomelí es presidente honorario, den un golpe de timón que apueste por los lectores y no sólo por los ingresos.
