Fruto de una herencia
Las demandas van más allá de cualquier coyuntura y son el resultado de años de promesas y carencias.
No ha cumplido su primera semana de trabajo y la nueva administración del sector Cultura ya enfrenta su primer incendio. Me refiero al paro total e indefinido que la noche del jueves acordó la sociedad de estudiantes en el Conservatorio Nacional de Música (CNM), que dirige la pianista Silvia Navarrete y que depende del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL).
El hecho podría ser visto con recelo y reducirse a un simple diferendo entre alumnos y maestros. Pero las demandas van más allá de cualquier coyuntura y son el resultado de años de promesas y de carencias tan básicas que, de sólo nombrarlas, ruborizarían a cualquiera.
Alguien dirá que los estudiantes no conocen el significado de la austeridad y que, de seguro, exigen imposibles, como pianos Yamaha en cada salón, becas para ir a Juilliard, duplicar su matrícula que, por ahora, es de casi mil estudiantes, o la compra de equipo para hacer música contemporánea.
Pero nada de eso. Ellos piden detalles básicos como la actualización de sus planes de estudio, que no se hace desde hace 18 años; equilibrar el número de docentes en las distintas cátedras; reponer el Taller de Canto, que no existe desde hace un lustro y que propiciará que decenas de alumnos se titulen sin haber cantado una ópera.
Exigen que se realice un proceso democrático para elegir al titular del CNM, la adquisición y reparación de instrumentos de calidad y no “atender el problema” con el préstamo externo; contar con un afinador para el mantenimiento de los pianos del plantel; reparar los órganos del Auditorio Silvestre Revueltas y del salón 33; contar con servicio médico; una bolsa de trabajo que conecte a los egresados con instituciones y empresas, y que el dinero de las inscripciones se destine al Conservatorio.
Además, insisten en que se restaure el inmueble del CNM, ubicado en Polanco, declarado Monumento Artístico, pero afectado por goteras y humedades que ponen en riesgo a estudiantes, instrumentos y al archivo histórico; frenar el deterioro de los salones de clases y de los auditorios Silvestre Revueltas y al aire libre, y sustituir el mobiliario del plantel que, en algunos casos, tiene casi 50 años. Esto, pese a que, en 2023, Alejandra Frausto, extitular de la SC, anunció su rehabilitación. ¿Acaso quedó incompleto el trabajo?
Finalmente, solicitan que el Conservatorio se adhiera al programa de Becas Benito Juárez; que la Auditoría Superior de la Federación (ASF) realice una revisión de las finanzas y procesos administrativos de la escuela, y que se transparenten los eventos privados que se realizan en la institución sin dejar beneficios al alumnado.
Pero este cúmulo de rezagos sólo es el fruto de una herencia, porque Lucina Jiménez –extitular del INBAL y premiada por Claudia Curiel con la dirección de Formación y Gestión Cultural, que arrancará en unos días– dejó esta larga lista a la nueva titular del instituto, Alejandra de la Paz, quien aún no se pronuncia sobre el tema, como si el silencio resolviera la emergencia o, quizá, en espera de ese mágico momento en que la protesta llegue a Bellas Artes, como en diciembre de 2022, para responder con otro diagnóstico y la promesa de una nueva reingeniería institucional.
Tampoco se olvide que la propia Lucina aceptó que “al Conservatorio se le abandonó durante muchos años” (Excélsior, 30/08/2022), que su presupuesto anual (de 11.8 mdp) requiere fondos adicionales (de la SHCP) para afinar y comprar instrumentos y que, en teoría, la Fundación INBA inició, desde diciembre de 2022, una campaña de procuración de fondos en beneficio de la escuela. ¿Cuánto tiempo más se necesita para que el CNM alcance la dignidad que nuestro país merece, y cuánto falta para que Curiel y De la Paz tomen el tema en sus manos?
