Erudito y crítico
Alfredo López Austin era un ser pacífico, con un bisturí afilado en la mirada cuando se refería a los temas que le preocupaban
Ayer falleció Alfredo López Austin (1936-2021), historiador modesto y erudito al que deberíamos leer y releer un poquito más, un investigador acucioso, apasionado y de trato afable que nunca buscó la esfera mediática y enfocó su vida al estudio de la cultura náhuatl y la cosmovisión mesoamericana.
Son varias sus facetas, pero me quedo con su mirada crítica sobre México y los problemas en el campo de la investigación. Él era un ser pacífico, pero tenía el bisturí afilado en la mirada cuando se refería a los temas que le preocupaban. Por ejemplo, nunca dejó de mostrar su desencanto ante la manera en que los políticos utilizan el conocimiento prehispánico como tema turístico, lo cual siempre observó como una deformación.
O cuando manifestó que no le agradaban los espectáculos de luz y sonido en zonas arqueológicas, porque consideraba que ese tipo de montajes sólo tenían cabida en teatros y plazas, pero no en espacios arqueológicos, ya que sentía que se distorsionaba su significado original.
Tampoco le veía sentido a la idea de abrir tantos sitios arqueológicos, sujetos al brazo del turismo, pero sin los recursos suficientes para investigar. Le afectaba hablar del saqueo, de la venta ilegal de piezas y, a menudo, se manifestaba por hacer exposiciones itinerantes con material embodegado.
Hace ocho años le pregunté por el panorama del investigador mexicano en el terreno de la arqueología y fue implacable: “No hay suficientes investigadores. Sigo dando clases en maestría y doctorado, y cada año veo cómo hay gente sumamente valiosa entre los estudiantes, con muchas ganas de trabajar, se pierden porque no hay plazas. Esto es un deterioro para ellos y para quienes trabajamos en la investigación. Investigación es diálogo intergeneracional y a nosotros nos está faltando el diálogo con jóvenes investigadores. Eso es muy grave”.
Lamentaba que México tuviera científicos entusiasmados, con capacidad intelectual, pero sin oportunidades. Y observó en esa fuga de cerebros una ganancia para los países receptores y una pérdida para México.
También le preocupaba la violencia, en especial de su natal Ciudad Juárez, que pasó de ser un borrón abandonado entre los médanos a un cementerio. “Jamás pensé que aquel lugar en el que me crie siendo tan feliz pudiera convertirse en el cementerio que
es ahora”.
En su vida recibió una veintena de homenajes y distinciones, como el Premio Nacional de Artes y Literatura en el campo de Historia, Ciencias Sociales y Filosofía (2020), pero el tiempo ubicará en la cima su exhaustiva bibliografía, que está más allá de libros como La constitución real de México-Tenochti-
tlan, Los mitos del tlacuache, La educación de los antiguos nahuas y El conejo en la cara de la luna, en el que aclara la diferencia entre mito y leyenda.
DIPUTADOS Y CULTURA
El pasado 12 de octubre se llevó a cabo la instalación de la Comisión de Cultura y Cinematografía de la Cámara de Diputados de la LXV Legislatura, presidida por Carlos
Francisco Ortiz Tejeda. Fue una reunión cordial que transcurrió entre aplausos y discursos de buenas intenciones, donde relucieron conceptos obligados como cultura y pandemia, vigilancia del presupuesto, impulso al cine, la atención de casas de cultura, las 68 lenguas indígenas (referidas como dialectos por una legisladora) y la conservación del patrimonio histórico de México.
Se entiende que sólo fue el primer intercambio de ideas, pero tengo la ligera impresión de que este grupo de 36 legisladores necesitará un buen equipo de asesores que les apoye a empujar propuestas sólidas. Sonará injusto, pero pareciera que la mayoría desconoce los problemas del sector, que se han repetido hasta el cansancio en los últimos años. Ojalá que no sea el preludio del hilo negro, del agua tibia y del aprendizaje sobre la marcha.
