Entre cúpulas

Después de presentar filtraciones añejas,en noviembre de 2021 comenzó la restauración de las cúpulas del Palacio de Bellas Artes.

Desde noviembre de 2021, Lucina Jiménez, titular del INBAL, emprendió la ingrata e impostergable tarea de restaurar las cúpulas del Palacio de Bellas Artes (PBA), un trabajo que podría pasar inadvertido para el que camina sobre avenida Juárez, quien a menudo percibe la misma postal chilanga y marca su distancia voluntaria de las expresiones artísticas por considerarlas fuera de su alcance.

Es posible que Bellas Artes hoy mismo sea visto como un animal exótico que alguna vez soñó Adamo Boari, usado para engalanar el pedigrí de autores, músicos, escenógrafos y cantantes, a partir de una norma invisible que, ‘de vez en cuando’, se alimenta del aplauso urgente de un público cupular que celebra la exigua cartelera.

Pese a todo, nadie podría negar la importancia de que se restaure y revitalice la joya blanca de las bellas artes, a la espera de que un día esté a la altura de las expectativas y viva un mejor momento ante los militantes de la selfie y los revendedores que quisieran algo más que el brillo de Carrara en los ojos.

Mientras tanto, Lucina Jiménez admitió en un video, en febrero pasado, “que las cúpulas del palacio llevaban 10 años presentando algunas filtraciones de agua y, literalmente, algunas goteras que han afectado espacios como la entrada principal, el vestíbulo y la zona de murales”.

Vía Transparencia, el INBAL ha detallado que el proyecto de restauración corrió a cargo de la empresa Norma Laguna y Asociados, la cual determinó que los trabajos, de 2011, fueron eficientes, “pero dadas las características climáticas y de contaminación de la CDMX, las vibraciones y movimientos de la estructura, y la imposibilidad de llevar a cabo mantenimiento permanente, se observan algunas zonas inestables, con desprendimientos, desfases o fracturas de piezas de cerámica, así como pérdida de juntas y del sellado entre la lámina de cobre y los demás materiales, lo que deriva en filtraciones de agua pluvial con el consiguiente escurrimiento hacia el exterior”, a lo que se suma la acumulación de sarro.

Según su diagnóstico, la semicúpula poniente no fue atendida en 2011 —quizá porque no era necesario— por lo que, aunado a los trabajos necesarios en el resto de la cúpula, se deberá consolidar la capa de concreto, así como la falta de acabados y plafones para determinar los escurrimientos, “lo cual afecta la conservación e imagen general al exterior e interior del monumento”.

Hasta aquí, todo bien. Sin embargo, el INBAL fue incapaz de transparentar el gasto de dichos trabajos y sólo se limitó a reportar que los recursos destinados a éstos provienen de una aportación privada y que fueron ejecutados por la muy silenciosa Fundación INBA, A.C., de tal suerte que la institución carece de “expresión documental relativa” o lo que eso signifique. ¿Por qué?

UN AÑO EN TRÁMITE

Vale la pena insistir en que la titular del INBAL aún no ha informado cuál es el avance que lleva el trámite de la declaratoria del Centro SCOP como monumento artístico, tal como lo anunció, en 2021, a las periodistas Adriana Góchez (La Razón) y Reyna Paz (La Crónica de Hoy).

El tema es relevante porque, desde julio pasado (Excélsior, 05/07/2022), la iniciativa ciudadana En Defensa del Centro SCOP insistió en que el INBAL incluya la Unidad Habitacional y otros espacios de la manzana en la declaratoria. Además de que solicitó el apoyo del Centro Nacional Conservación y Registro del Patrimonio Artístico Mueble (Cencropam) para revisar y atender las zonas de humedad, efloraciones y desgastes cromáticos que presenta, en diversas partes, el mural Sol de fuego, de Jorge Best, quien fuera director de la Escuela de Diseño y Artesanías de Bellas Artes y colaborador de muralistas como José Clemente Orozco, Diego Rivera, Juan O’Gorman y José Chávez Morado.

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