Ellas hablan
No faltará quien afirme, con aire de soberbia, que las cosas ya no son como hace un lustro. Sí, quizá, pero no ha sido gracias a nosotros ni al oportuno trabajo de las autoridades culturales, sino a la voz de ellas.
Desde el terreno de la utopía, uno imaginaría que el mundo de las artes no podría estar infectado por el acoso y la violencia, en especial contra la mujer; pero cuanto más caminas por sus pasillos y te asomas a sus rendijas, tropiezas con los relatos de quienes se refugian en el anonimato para describir situaciones que fácilmente podrían equipararse con el peligro que enfrenta una mujer al caminar por una calle sin alumbrado eléctrico, que viaja sola en autobús a altas horas de la noche o que recibe el mensaje de una figura de autoridad que le pide compartir “una imagen hot”, pero, claro, sólo si ella así lo quiere.
Ciertamente, las artes no son ese paraíso seguro, libre de violencia y de muchos otros males. Basta con explorar algunos casos que me han compartido alumnas y egresadas de escuelas de artes como La Esmeralda, el Conservatorio Nacional de Música (CNM) y la Escuela Superior de Música (ESM), cobijadas por el Instituto Nacional de Bellas y Literatura (INBAL); aunque eso también ocurre, me comentan, en uno que otro estudio de ópera, en talleres literarios, en la interacción con algún director de orquesta o, hasta hace poco, en la oficina de la Dirección de Culturas Populares, Indígenas y Urbanas (DGCPIU).
No faltará quien afirme, con aire de soberbia, que las cosas ya no son como hace un lustro. Sí, quizá, pero no ha sido gracias a nosotros ni al oportuno trabajo de las autoridades culturales, sino a la voz de ellas. Como ejemplo, basta con explorar la cuenta @tendederoartísticomx (en Instagram), que aporta algunos testimonios que alumbran sólo la superficie de un problema que no hemos logrado erradicar.
Esto no significa que todos los creadores con fama, poder, experiencia e influencia formen parte de un cónclave de acosadores que se alientan unos a otros. Sin embargo, ahí están quienes han adaptado el sistema a su favor y hoy generan todo tipo violencia.
Por ejemplo, aquel instrumentista y académico que ofrece clases gratuitas en su casa para establecer un vínculo “más personal e íntimo” con alumnas y jóvenes profesionistas; los músicos que envían mensajes y emojis vía WhatsApp para coquetear y acercarse a jovencitas, como si tuvieran ante sí un estanque de doncellas para consumo personal, y hasta quienes evitan la titulación de alumnas que no aceptaron algún tipo de relación o contacto (extorsión, pues).
Otros artistas y académicos, acusan ellas, se aferran a hacer llamadas telefónicas en la madrugada con intenciones de carácter sexual o exponen su interés por intercambiar fotografías y videos a cambio de dinero o de evaluaciones favorables; algunos más insisten en acariciar el rostro de las jovencitas que consideran afables, a quienes prometen éxito y apoyo laboral o, en sentido opuesto, cuestionan y humillan a quienes no aceptan seguir el juego y utilizan información maliciosa para desprestigiar su trabajo artístico y profesional.
Este veneno ha proliferado tanto que algunas jóvenes cantantes han tropezado con estudios de ópera que se distinguen por ser “espacios de acoso seguro” y, en el peor de los escenarios posibles, hay quienes advierten que existe un grupo de Telegram en el que algunas eminencias comparten fotografías íntimas de “estudiantes y artistas conquistadas”. Si esto es tan real como se señala, ¿qué nos dice de nuestro tiempo?
Todo esto explicaría por qué el mundo de las artes no logra ser la potencia latinoamericana que tanto ha prometido, pues, al parecer, el sistema mantiene su firme intención de implementar protocolos para atender, prevenir y canalizar la violencia de género, como lo ha realizado el INBAL, pero no consigue lo obvio: garantizar espacios educativos y culturales libres de acoso y violencia.
