¡Alebrijes!, ¡alebrijes!
El cartonero chilango Pedro Linares López soñó con estos seres fantásticos mientras estaba en coma.
Los alebrijes no nacieron en una película surrealista ni en los imponentes talleres de San Miguel de Allende o de Oaxaca, sino en la mente del cartonero chilango Pedro Linares López (1906-1992), avecindado en la colonia Merced Balbuena, a quien cierto día se le reventó una úlcera gástrica que lo puso en coma y lo sumergió en un mar de alucinaciones.
Dicen que, al despertar, Pedro gritó: “¡Alebrijes!, ¡alebrijes!”, sin que nadie entendiera muy bien sus palabras. Luego le describió a su familia aquellas formas fantásticas de animales mixtos que desfilaron por su mente adormilada por la fiebre y los sedantes.
Es posible que nadie lo tomara muy en serio, pero, años después, Pedro materializaría en su taller aquellos personajes, a base de cartón, periódico y engrudo. Así nacieron los primeros alebrijes, que tras siete décadas serían reconocidos como Patrimonio Cultural Intangible de la Ciudad de México (en diciembre de 2019), con la idea de proteger el legado de este artista popular que revitalizó la cartonería en la Ciudad de México.
Los primeros alebrijes que elaboró Pedro Linares, me cuenta su nieto Leonardo Linares, los vendió en el mercado Abelardo L. Rodríguez, aunque acepta que los primeros “eran muy feos”, porque parecían monstruos descarnados, de color grisáceo, como si estuvieran leprosos, así que no lograba venderlos, salvo tres piezas que le compró Diego Rivera. Sin embargo, la mayoría de compradores potenciales le decían que esos monigotes eran cosa del diablo.
Entonces decidió añadirles algunos adornos y bañarlos en color, como a los Judas que vendía en Semana Santa, y muy pronto empezó a venderlos y a recibir encargos, incluso del Museo de Artes e Industrias Populares, que se ubicaba en avenida Juárez 39, en el antiguo templo de Corpus Christi y que, en 2006, dio lugar al Museo de Arte Popular (MAP).
Por desgracia, las autoridades capitalinas han dejado de lado concretar el Plan de Salvaguarda que, a corto, mediano y largo plazo, permitirá investigar, conservar, fomentar y difundir los valores culturales de los alebrijes y su promoción, reconociendo a su creador.
Incluso, los herederos de Pedro Linares lamentan que se autorice realizar talleres de alebrijes en la Red de Fábricas de Artes y Oficios (Faros) y en Unidades de Transformación y Organización para la Inclusión y la Armonía Social (Utopías) sin incluir a la familia Linares, que mantiene esta tradición, y sin potenciar el reconocimiento del creador del alebrije.
Quizá la parte más lastimosa ocurre en octubre de cada año, cuando se lleva a cabo el famoso Desfile de Alebrijes Monumentales —que este año llegó a su edición 17 y que organiza el Museo de Arte Popular—, pero sin incluir ni considerar a la comunidad portadora (la familia Linares), pese a que también cuenta con la propiedad intelectual y comercial ante el Indautor y el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI), y de que el propio Leonardo Linares fuera el primero en hacer un alebrije de grandes dimensiones en Glasgow, Escocia.
A esto hay que sumar que la autoridad, que en cada oportunidad denuncia las apropiaciones que hacen las marcas comerciales de productos originarios, no ha hecho esfuerzo alguno por diferenciar las tallas de madera (tonas y nahuales) de los alebrijes. ¿Qué papel juega, entonces, la autoridad capitalina en la defensa de este patrimonio? Pareciera que sólo acumula reconocimientos y enciende el discurso de la protección con una declaratoria hueca y decorativa que sólo enaltece el alma de los archiveros capitalinos.
Hace unos días platiqué con Mariana Gómez, directora general de Patrimonio Histórico, Artístico y Cultural, y le pregunté sobre este tema. Ella asegura que hace una semana pidió una reunión con los Linares para ya establecer la comisión que se encargará de vigilar y difundir este legado. Ojalá que antes de que concluya el año se logre establecer la ruta en favor de dicho patrimonio y que no sea una declaración para salir al paso.
