A la sombra de Elisa
El hecho de que Erick Rodríguez haya sido primer bailarín de la CND no garantiza que será un buen director.
El nombramiento del bailarín Erick Rodríguez Fernández al frente de la Compañía Nacional de Danza (CND), a partir del próximo 1 febrero, es un ejemplo de la mirada corta y la falta de conocimiento de las actuales autoridades del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) y de la Secretaría de Cultura federal.
Basta con leer su ficha biográfica, difundida el pasado lunes, para cuestionar si era el mejor perfil para un cargo de esta dimensión. Juzgue usted: “Erick Rodríguez estudió en la Escuela Nacional de Artes de La Habana. Entre 2000 y 2002 fue bailarín del Ballet Nacional de Cuba y a los 20 años decidió establecerse en México. En 2003 ingresó a la CND y, seis años más tarde, fue nombrado primer bailarín.
“Estudió Gestión Cultural en la Universidad de Guadalajara. En noviembre de 2023, se retiró en el Palacio de Bellas Artes con la obra Onegin, del coreógrafo John Cranko. Ha trabajado con figuras como Alicia Alonso, Loipa Araújo, Víctor Ullate y Elyse Borne, entre otros. Es participante activo en la Fundación ProDanza”. Hasta aquí la ficha.
No soy especialista en danza, pero seguro que el nuevo titular tendría que contar con una sólida formación como coreógrafo o, al menos, haber dirigido antes alguna compañía de renombre en donde expusiera sus cualidades escénicas. Incluso, me parece insuficiente el que haya cursado una especialidad en Gestión Cultural para enfrentar la burocracia de la CND. ¿O será que todo es un formalismo para justificar la permanencia de Elisa Carrillo como codirectora de la agrupación?
Recordemos que, durante todo el sexenio pasado, Elisa y Cuauhtémoc Nájera codirigieron, de manera innecesaria, la CND, sin que hasta el momento sepamos cuáles fueron los grandes logros de tal codirección.
En días pasados, Claudia Curiel, titular de Cultura, aseguró que Elisa continuará en la compañía. Pese a todo, ayer intenté confirmar el dato, pero, al cierre de esta edición, su equipo no logró ratificarlo, así que me veo obligado a pensar en ambos escenarios.
Uno. Supongamos que Elisa se mantiene como codirectora. De ninguna manera sugeriría que la galardonada con el Benois de la Danse (2019) no tiene capacidad para el puesto. Todo lo contrario, tendría que asumir las riendas, pero de tiempo completo, sin tener el respaldo de un codirector que haga la mitad (o más) del trabajo.
¿Por qué la soprano María Katzarava sí hizo una pausa en su carrera internacional para dirigir la Compañía Nacional de Ópera? ¿Cuál es la diferencia? No recuerdo que la cantante delegara las audiciones que convocó ni que alguien más llevara los ensayos o hiciera la propuesta de programación.
O, incluso, ¿cómo es posible que la SC ha mantenido acéfala, desde 2020, la Subsecretaría de Diversidad Cultural y Fomento a la Lectura, en aras de la sobada austeridad, pero se ha solapado esta doble contratación que, a todas luces, es irregular?
Dos. ¿Y si Erick Rodríguez quedara en solitario al frente de la CND? Habría que observar que este bailarín hace sólo 14 meses formaba parte de la misma agrupación, por lo que difícilmente podrá mediar distancia de sus amigos y colegas.
Aunado a esto, el hecho de que Erick haya sido primer bailarín no garantiza que será un buen director, maestro o ensayador con capacidad para eliminar los vicios de la compañía. Claro que no.
Será interesante, por ejemplo, saber qué decisión tomará ante los bailarines que no han logrado reincorporarse a la Compañía Nacional de Danza por “problemas de salud que se han complicado”, como Bárbara Treviño (cinco años sin bailar), Daniela Sánchez (un año) y Axl Valencia (casi un año), quienes han dejado de lado la compañía, pero aparecen en los programas de mano y gozan de un sueldo puntual, a diferencia de quienes laboran por honorarios en la Secretaría de Cultura y que cada año se convierten en el daño colateral de los ajustes al gasto. ¡Valiente austeridad!
