¿Doce días?
En la madrugada del 21 de junio de 2025, el mundo despertó con un estruendo que venía desde lo profundo de Irán. Estados Unidos había iniciado la operación Martillo de Medianoche, una ofensiva quirúrgica, masiva y sorpresiva contra tres de las instalaciones nucleares ...
En la madrugada del 21 de junio de 2025, el mundo despertó con un estruendo que venía desde lo profundo de Irán. Estados Unidos había iniciado la operación Martillo de Medianoche, una ofensiva quirúrgica, masiva y sorpresiva contra tres de las instalaciones nucleares más resguardadas del régimen iraní: Fordow, Natanz e Isfahán. La escena parecía salida de un libro de historia mal reescrito: bombarderos B2 cruzando el cielo sin ser detectados, submarinos lanzando misiles de largo alcance desde el golfo, y más de una docena de bombas búnker-buster capaces de perforar concreto armado como si fuera papel.
La Casa Blanca describió el ataque como una acción preventiva y limitada. Pero en la región, el eco no fue contenido. Irán, aún en plena transición política tras unas elecciones tensas, respondió de inmediato con amenazas, misiles y una retórica tan dura como predecible. Desde Teherán se anunció la operación “Promesa Verdadera III”, con una lluvia de misiles lanzados hacia bases estadunidenses en Irak y Catar, y hacia objetivos estratégicos en Israel. Aunque los daños fueron menores en lo estructural, las bajas humanas y la reactivación del miedo marcaron un nuevo punto de no retorno.
El mundo árabe contuvo el aliento. El Parlamento iraní debatió una medida que muchos consideran una bomba económica silenciosa: el cierre del estrecho de Ormuz, el angosto canal por donde transita alrededor de 20% del petróleo que se consume en el planeta. La amenaza, aunque aún no concretada, agitó los mercados con una fuerza que ni los misiles habían logrado. Arabia Saudita, Emiratos Árabes y Egipto, actores tradicionalmente alineados a Occidente, se pronunciaron con cautela: pidieron mesura, pero sin dejar de advertir sobre el riesgo de una escalada sin control. Qatar, en cambio, alzó la voz y condenó directamente el uso de la fuerza.
La comunidad internacional no tardó en reaccionar. China y Rusia condenaron con severidad la acción estadunidense, acusando a Washington de atentar contra la estabilidad global y de pisotear los mecanismos multilaterales. La Unión Europea, atrapada entre el deseo de contener la proliferación nuclear y la condena al unilateralismo, pidió reactivar los acuerdos de Viena. El Papa, desde el Vaticano, expresó su honda preocupación por la escalada bélica y recordó que los conflictos armados nunca son limpios, y mucho menos cuando el sufrimiento de la población civil se vuelve parte del paisaje cotidiano.
A nivel interno, la situación tampoco es sencilla para Estados Unidos. El presidente Trump enfrenta una tormenta política en casa: manifestaciones de grupos pro Palestina se han visto entrelazadas con expresiones de solidaridad con Irán. En paralelo, el mandatario intenta mantener una imagen de control mientras lidia con una inflación creciente, mercados volátiles y advertencias del Banco Central Europeo y del Fondo Monetario Internacional sobre el posible impacto de una guerra prolongada.
Y es que, aunque el petróleo bajó tras la tregua inicial —con el Brent y el WTI retomando niveles moderados—, los analistas coinciden: si Irán decide cerrar Ormuz o bloquearlo parcialmente, podríamos ver precios que superen los 120 dólares por barril. Las rutas marítimas ya encarecieron sus seguros, y el transporte global empieza a resentir el golpe. La inflación amenaza con arraigarse a largo plazo. La guerra, aunque no se declare formalmente, ya está haciendo efecto.
Israel, por su parte, aunque no confirmó participación directa, celebró el operativo. Lo calificó como un paso decisivo para garantizar su seguridad nacional. Los voceros del gobierno fueron claros: “la amenaza existencial ha sido desmantelada parcialmente”.
Mientras tanto, en el resto del mundo, reina una sensación conocida pero incómoda: la de vivir en la antesala de algo mayor. El miedo no es tanto a la guerra abierta, sino a la repetición de un patrón. Como en enero, cuando Gaza parecía ser el epicentro de una crisis cíclica, hoy la mirada se posa sobre Teherán y sus aliados en Líbano, Siria y Yemen. ¿Hasta dónde llegará la cadena de consecuencias?
La guerra de 12 días —como algunos analistas ya la nombran con esperanza— no es todavía un capítulo cerrado. El Martillo de Medianoche no sólo golpeó las montañas de Irán. Golpeó las certezas, la economía global, las esperanzas de paz. Queda por verse si fue el primer acto de una nueva guerra prolongada o el sacudón necesario para forzar a la comunidad internacional a regresar a la mesa de negociaciones. Por ahora, el mundo camina sobre una cuerda tensa, con la esperanza de que la diplomacia encuentre aún un resquicio por donde colarse. ¿O no, estimado lector?
