Retrovisor

La semana pasada, en la tocada de Café Tacvba en el Telmex de Guadalajara, me regalaron un libro. Ya lo había visto en las librerías que visito. El libro es amarillo, cuadrado, con el suaje de un cerdito que trae una bandera. Cuando lo vi en la librería hace meses no ...

La semana pasada, en la tocada de Café Tacvba en el Telmex de Guadalajara, me regalaron un libro. Ya lo había visto en las librerías que visito. El libro es amarillo, cuadrado, con el suaje de un cerdito que trae una bandera.

Cuando lo vi en la librería hace meses no supe qué era, aunque lo revisé por todos lados y seguramente vi escrito Pictoline en el lomo. No tengo idea por qué no lo relacioné con los dibujos que circulan en internet.

Ya sé, ya sé. No hay excusa, ¿estaba dormido ese día? Crudo no, porque ya no bebo, pero les juro que no me di cuenta de que tenía el almanaque 2016 de Pictoline en las manos. Podría sólo pensar que fui un tonto, pero diré a mi favor que fue cuestión de contexto: estaba acostumbrado a ver Pictoline en gadgets y no en un objeto de papel al que puedo tocar y pasar las hojas.

El libro estaba cerrado, como todos los libros en las librerías. En algunas te dejan abrirlos, en otras no. A mí no me gusta abrirlos o pedir que lo haga un dependiente, pero he visto que otras personas sí lo hacen. De haberlo hecho, habría descubierto que el libro Pictoline era una recopilación de lo que hay en internet de Pictoline. Duh, como dicen los millennials

La verdad es que me sorprende que exista este libro. Pensé que toda esa obra se quedaría en internet, donde nació y circula con mucho éxito. No me malinterpreten, me gusta mucho que exista el libro, pero pensaba, o pienso, que sólo yo disfruto de ello porque soy de otra generación, de los que todavía necesitamos un objeto para sentir que las cosas existen en este mundo.

Cuando estudiaba Diseño Industrial en la UAM Azcapotzalco, por ahí de 1989, recuerdo que un maestro (lo siento, olvidé su nombre) nos decía que en el futuro nadie sería dueño de las cosas. Que ya nadie compraría una silla o una mesa, sino que la gente pagaría a una empresa por el servicio de sentarse. Tal cosa no ha sucedido con el mobiliario, no que yo sepa, pero sí con la música, las películas y los libros. La mayoría de la gente ya no paga por tener una película en DVD en su casa, sino que pagan por el servicio de poder verla cuando quieran. Lo mismo con la música, con Spotify y otros servicios de streaming.

Aunque he leído libros en mi iPad, sigo comprando muchos libros de papel. A veces hasta los que ya leí en digital, sólo por tenerlos. Recuerdo que cuando salió El péndulo de Foucault, de Umberto Eco, lo leí de inmediato y lo presté. Jamás me lo regresaron. Un día mi amigo Ivo Ezeta me escuchó lamentarme de ese hecho y me decía: pero si ya lo leíste, ¿para qué lo quieres? ¿Lo vas a volver a leer? No, le decía, sólo quiero tenerlo en mi biblioteca. Ya lo tienes en tu mente, me decía. No sé, lo necesito. Así que en mi siguiente cumpleaños Ivo apareció con el libro, o lo que parecía serlo, porque al tomarlo en mis manos descubrí que no pesaba nada. Ivo había construido una copia “falsa”. Consiguió la portada e hizo una caja de cartón del mismo tamaño que el libro. Así que al ponerlo en mi biblioteca parecía que el libro estaba ahí, pero sólo parecía. Todavía me río de la ocurrencia tan extraña de mi amigo. Qué humor tan corrosivo, pero tenía razón. Era lo mismo tener el libro falso que el verdadero. Al fin y al cabo ya lo había leído.

Hay una frase de Marshall McLuhan que me encanta: “Estamos en un coche yendo hacia el futuro utilizando sólo nuestro espejo retrovisor”. Así me siento a veces. Como, por ejemplo, quiero ser dueño de los memes que más me gustan, pero de eso se tratan los memes, son efímeros, no se pueden (no se deben) guardar. Se quedan ahí y pasan, se mantendrán en el recuerdo.

Por eso me agrada que exista el almanaque de Pictoline. Admiro a sus creadores y la forma tan lúdica en que me (nos) brindan información.

Gracias por el libro.

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