Escuelas
No sé si ustedes tengan hijas o hijos, yo tengo dos niñas. Empecé tarde en esto de ser padre: conozco gente de mi edad que sus hijos ya van en la universidad, algunos ya hasta están trabajando. Mis hijas no. Una va a pasar a sexto de primaria y la otra a tercero. Aunque ...
No sé si ustedes tengan hijas o hijos, yo tengo dos niñas. Empecé tarde en esto de ser padre: conozco gente de mi edad que sus hijos ya van en la universidad, algunos ya hasta están trabajando. Mis hijas no. Una va a pasar a sexto de primaria y la otra a tercero. Aunque en la escuela que están no se cuentan así los grados, así que una va en Taller uno y la otra en Taller dos.
Ya se acerca la decisión de a qué secundaria va a ir la más grande y como el año se pasa a una velocidad impresionante, hay que estar preparados. ¡Falta mucho!, me dicen amigos papás de la escuela de mis hijas, ¡no te angusties! Pero no se me puede olvidar cómo, desde hace décadas, nos inculcaron, por medio de anuncios en radio y televisión, que “en febrero son la inscripciones”.
Creo que esa máxima está ya en mi ADN, es un mantra que no me puedo quitar de la cabeza. Y siento que febrero está a la vuelta de la esquina. Quién diría que el año se iba a ir tan rápido, seguro la otra mitad será igual o aún más veloz.
No me pegues tu angustia, me pide mi amigo Ricardo Morales, cuyo hijo también entrará a secundaria no el siguiente curso escolar sino el que sigue, el de mediados de 2018. Con él suelo hablar sobre grupos de progresivo o de rock en general, a veces de libros, pero mi tema favorito en estos momentos son las escuelas, ¿cuál será la mejor?
Me acabo de enterar, hace poco, de que varios conocidos se han ido a vivir a otra ciudad porque ahí está la escuela que quieren para sus retoños. Claro, tienen trabajos que se los permite: trabajan desde casa por internet o son dueños de sus negocios. Yo no sé si mi devoción sea tan grande. Mis papás tenían un dicho que es ya muy viejo: “La mejor escuela es la que está más cerca”. Pero los tiempos cambian y algunos dichos ya no funcionan.
¡Ay, Joselo!, pero si tú eres un rockstar, ¿qué te andas preocupando por las escuelas? Se ríen de mí mis amigos. Neta que yo no me siento rockstar. Como decía El Muñeco, de Tex Tex, que en paz descanse, eso de ser roquero es pa’los gringos y güeros. Tal vez si tuviera el dinero de un rockstar gringo o inglés la cosa cambiaría, pero brincos diera, no es así.
Me acordé de una anécdota que contaba Gustavo Santaolalla, lo más cercano a un rockstar de aquellos lares que conozco. Él vive en Los Ángeles y sus hijos iban a la misma escuela que los de Brian Wilson y Stewart Copeland. Un día, estos tres musicazos se juntaron para tocar en un show escolar. Todos pensamos que eso debió estar fenomenal, pero Gustavo dijo que no, que Stewart Copeland tocaba muy rápido, ¡la misma queja que tenía Sting y por la cual se separaron! Bueno, chismes de pasillo del mundo roqueril.
Se acaba el ciclo escolar y son tiempos del show de clausura. Yo vengo de uno de la escuela de mis hijas. Estuvo larguísimo. O tal vez no tanto, pero entre presentación y presentación se tardaban mucho. Claro, muchos de ellos son niños pequeños y es complicado organizarlos. Preescolar y primaria. Lo que más me gustó fueron las presentaciones de yoga. Sí, yoga. En vez de una “tabla gimnástica” como las que yo sufrí de niño, en esta escuela dan yoga. Podría decirse que es una tabla gimnástica mística. La escuela es algo hippie, supongo que yo también, aunque de clóset.
Me di cuenta de que una forma de ver si la escuela que quieres para tus hijos te conviene es asistir a la clausura, los shows que hacen. Te puedes dar cuenta de miles de cosas mientras observas a los papás, a los niños y a las maestras. Ir a espiar cómo están de organización, de convivencia, de disciplina. Ver a los papás también es importante, cómo no. Serán los papás de los amigos de tus hijas. O al rato sus novios. Y luego salen con visiones del mundo que uno no comparte y pa’qué quieres. Nombre, qué dilema.
O mejor sí, soy rockstar y dejo de preocuparme. Ya tengo bastantes broncas como para sumar otra. Aunque espero, como dice mi amigo Ricardo, no haberles pegado la angustia de a dónde van a meter a sus hijos el próximo año.
