En la vida todo es juego, menos el futbol. El futbol ha llegado a ser una profesión muy admirada, un sistema muy organizado y, de paso, un negocio muy exitoso. Hace tiempo era lo contrario, pero se perfeccionó. Por el contrario, la política ha llegado a ser una profesión muy despreciada, un sistema muy desordenado y, de paso, un ejercicio muy fracasado. Hace tiempo era lo contrario, pero se degeneró.
El deporte es la supremacía de la objetividad. El mérito deportivo es objetivo a plenitud. Un equipo no gana porque sea más querido, sino porque logró más goles, no porque tenga más aficionados. Todos sabemos que vale más un gol que una porra de cien mil gargantas. No existe la democracia deportiva.
La política, a su vez, es la supremacía de la subjetividad. En la democracia política lo que cuentan son las simpatías, la imagen y todos esos factores de los cuales habrá de depender el resultado de una elección.
La política y el futbol están muy ligados a los pronósticos. Los de la política son muy subjetivos y muy erráticos. Los del futbol son muy objetivos y han servido para construir un próspero imperio de apuestas lícitas. Sin embargo, las profecías políticas pueden ser muy sencillas si utilizamos los indicios que pronostican.
Uno de ellos es el equipo. Con ello se anuncian la solidez o la fragilidad de un gobierno. Otro es el discurso, dependiendo de su coherencia, de su inteligencia y de su fidencia. Un tercero es el presupuesto, el cual nos revela las verdaderas intenciones y los verdaderos intereses.
Por último, yo anotaría los autorretratos y trataré de explicarme. Si a una persona le pregunto lo que le enorgullece de sí mismo, quizá me mienta o me presuma. Pero si le pregunto lo que admira de otro, me dará un retrato de sí mismo. Si admira su lealtad, su valentía o su nobleza es distinto a si admira su poder, su riqueza o su astucia. Si me dice a quién admira, a quién imita o a quién defiende, ya sabré a qué atenerme.
Los espectadores podemos combinar ambas visiones. Ver los deportes con la subjetividad del afecto y hasta del fanatismo. Y ver la política con la objetividad del análisis y hasta de la calificación. Podemos clasificar a los 23 presidentes de esta era constitucional en tres grupos, conforme a sus resultados reales. Los ocho de la liguilla de campeonato, los ocho de la liguilla de descenso y los siete de la liguilla de mediocres. Se va a divertir, le va a servir y, de paso, también se calificará a usted mismo.
En estas semanas recuerdo algunos principios del futbol que también sirven como recetas en la política. Uno de ellos se refiere al penalti que, en la política, equivaldría a las crisis. Se vale no parar el penalti, pero no se vale provocarlo. En la política significa que se vale no resolver el problema, pero no se vale crear el problema. Es decir, ser el problema.
Mi maestro Jesús Reyes Heroles me decía que la política y casi todo en la vida es el arte de las soluciones. En la política real, hay quienes generan los problemas, quienes los resuelven y quienes ni de una ni de otra. Los que perfuman o aromatizan, los que apestan o atufan y los que ni emanan olor ni despiden hedor, es decir, que ni huelen ni hieden.
En mis juveniles 20 años fui testigo de la accidentada aventura de la misión Apolo 13, la cual nos dejó dos frases que me han acompañado siempre, para mi bien. Cuando Jim Lovell, comandante del vuelo, dice “Houston, tenemos un problema”. Y cuando Gene Kranz, director de la misión, dice “Apolo, tenemos una solución”. No sólo eran tres vidas, sino el futuro del programa, que el Congreso hubiera cancelado ante el fracaso, con lo que hubiera cambiado la historia futura.
El político, el abogado, el médico y todos los que atendemos problemas siempre debemos tener este episodio en el escritorio y en la mente. No la queja. No el engaño. No el pretexto. No el insulto. No el discurso. Esos, para nada sirven. Lo único que sirve son las soluciones.
