La pareja ideal de la política real

La aspiración política esencial de todo país civilizado reside en tener un buen gobierno. Bien por el país que logra tenerlo. Y, mejor aún, el que, además de un buen gobierno, tiene una buena oposición. Esos dos factores cierran el perfecto círculo virtuoso de la buena política nacional. La pareja ideal es tener buen gobierno y buena oposición

Es de reconocer el esfuerzo de los siete convocantes iniciales para la creación de un espacio de expresión para el bien de la nación. En los muchos que conozco sé que los motiva el bienestar general, el desinterés personal y la concordia nacional. Ese directorio fundador lo ha llamado como Frente Amplio Democrático o FAD y tiene un tema inicial concentrado en la reforma electoral. No se dispersa, por ahora, en los otros cien temas nacionales.

La aspiración política esencial de todo país civilizado reside en tener un buen gobierno. Bien por el país que logra tenerlo. Y, mejor aún, el que, además de un buen gobierno, tiene una buena oposición. Esos dos factores cierran el perfecto círculo virtuoso de la buena política nacional.

La pareja ideal es tener buen gobierno y buena oposición. Lo catastrófico es que ambos sean pésimos. Lo intermedio es que sólo sirva uno de ellos. Si el gobierno es muy eficiente, no es tan grave la impotencia de la oposición. Pero si el impotente es el gobierno, la única salvación reside en la oposición.

La oposición es de lo mejor que puede tener un gobierno. Ella lo impulsa ante sus negligencias, lo contiene ante sus excesos y lo guía ante sus extravíos. Es el mejor motor, el mejor freno y la mejor contraloría del gobernante. Le da lo que no le surten ni los leales que suelen disimular los defectos ni los serviles que suelen vitorearlos. Le informa de lo que él no advierte o de lo que él no previene. Es el vigía de mástil que le avisa si viene la tormenta, si viene el iceberg o si viene el enemigo.

En la realpolitik y en la vida real, las organizaciones requieren antagonistas. En ocasiones, hasta deben contratarse o designarse. En el servicio público lo hice en las instituciones que me encargaron. En el bufete privado lo sigo haciendo. En cada asunto importante, encargar a un inteligente, conocedor y experimentado que busque o hasta invente lo malo de nuestras acciones, como lo haría el mejor de nuestros enemigos. Nos dirá lo que debemos corregir, lo que demos prevenir y hasta lo que debemos suprimir. Ellos son la mitad del mérito de lograr o conservar lo invicto.

Pero este binomio tiene dos amenazas que lo ponen en riesgo. Una es que el gobierno desoiga o agreda a la oposición. Que pretenda acuerdos o utilice amenazas para transformarla en simple colaboradora. La otra es que la oposición no sea recia o inteligente, bien por dispersión, por desorganización o por distracción. El peligro es que, al mal gobierno, se sume la mala oposición.

Bueno fuera que tengamos un gobierno eficiente y una oposición insistente. Que el gobierno no se detenga más que cuando ya no tenga algo más que cumplir. Que la oposición no contenga más que cuando ya no tenga algo más que exigir. Hablar con sinceridad y escuchar con sensibilidad son dos de los mayores ejercicios de la alta política.

En la realpolitik está proscrito que los gobernantes digan que ellos hacen todo lo que quieren y que los gobernados digan que aquéllos hagan todo lo que quieran. No es confiable la encuesta de los propios, sino la de los ajenos. Según Mazarino, el amor puede ser fingido, pero el odio siempre es sincero. Desconfiemos de ese rebaño que nos elogia, pero confiemos en esa grey que nos critica.

Quizá por eso, en 1936, el entonces joven Miguel Alemán dijo sobre Plutarco Elías Calles y Lázaro Cárdenas que no existe el poder ni el dinero ni el amuleto que pueda salvar del enojo presidencial. Hoy, 90 años después, se escuchan y se leen suposiciones de que Claudia Sheinbaum y Adán Augusto López confirman a Miguel Alemán. Ignoramos e ignoraremos, decía Séneca. 

Debemos evitar el mal futuro que tiene la nación donde el gobierno habla mucho y nada escucha o donde el pueblo tan sólo escucha y nada dice. Solamente así podremos evitar que nuestra realidad política incurra en el círculo irrompible de aquella absurda pesadilla en la que el mudo le dice al sordo que el ciego los está mirando.

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