El federalismo al capricho y al antojo

Cada nación-Estado es una diferente noción-Estado. Al contrario de América, Europa valora más los derechos humanos que la soberanía mientras que, al contrario de Europa, América valora más la soberanía que los derechos humanos. Las razones de cada cual son históricas y aspiracionales. Por eso, sería imposible una comunidad panamericana tal como existe una Comunidad Europea. Ya no digamos una comunidad, sino que en América ni siquiera sirve para algo la OEA. Entenderlo es entendernos.

Cada nación-Estado es una diferente noción-Estado. Al contrario de América, Europa valora más los derechos humanos que la soberanía mientras que, al contrario de Europa, América valora más la soberanía que los derechos humanos. Las razones de cada cual son históricas y aspiracionales. Por eso, sería imposible una comunidad panamericana tal como existe una Comunidad Europea. Ya no digamos una comunidad, sino que en América ni siquiera sirve para algo la OEA. Entenderlo es entendernos.

El presidencialismo es una figura americana mientras que el parlamentarismo es una figura europea. Todos los países de Europa son parlamentarios, con excepción de Francia, el único presidencialista. Todos los países de América son presidencialistas, con excepción de Canadá, el único parlamentario. Y hay muchas diferencias mundiales en la democracia, en la justicia, en el constitucionalismo, en el garantismo, en la libertad, en la gobernabilidad y hasta en el orden.

Así vemos que la Federación es un concepto muy complejo. No se ha explorado lo suficiente en los 239 años desde que se inventó en Estados Unidos ni en los 202 años desde que se instaló en México. Quizá algún día yo lo intente a través de un teorema que me persigue, que podría bautizar como penetración de soberanías y que lo resumo con las siguientes fórmulas.

La Federación puede ser considerada como la recíproca penetración de dos soberanías absolutas, únicas, exclusivas y excluyentes. Cualquier intromisión es contra natura. Ésa es su fórmula ontológica. Su fórmula teleológica es el establecimiento de un Estado. Su fórmula fenomenológica es la permanencia perpetua. Su fórmula expresiva sería SF >/< SE = SN, donde soberanía federal más/menos soberanía estadual es igual a soberanía nacional. Entenderlo es entendernos.

Su invención fue difícil y su aceptación fue ríspida. Ejército único y prohibición militar local. Representación internacional única. Tributación sin límites. Y unificación a perpetuidad sin rescisión posible. No les fue fácil el convencimiento y la aceptación.

A su vez, potestad absoluta de los estados federados sobre la casi totalidad de los tribunales, de los delitos, de los contratos, de las personas, de las policías y de las cárceles. Tampoco fue fácil el convencer y el aceptar. Pero todo ello se logró y nació el federalismo y así seguimos y espero que así seguiremos.

Decíamos que no todos los modelos son idénticos para todas las naciones. Veamos el ejemplo que tenemos más cercano. Para Estados Unidos, tres exigencias esenciales para con sus gobiernos son el federalismo, la verdad y la libertad. Por no respetarlos puede caer cualquier alcalde, cualquier gobernador y cualquier presidente. Mis palabras las respalda el testimonio de la historia. Alabama, por soberbia estadual. Minnesota, por soberbia federal. Nixon se condenó por parecer mentiroso, aunque fuera inocente. Clinton se salvó por parecer sincero, aunque fuera culpable. Ellos me sirven de testigos.

Esta semana, Pascal Beltrán del Río se refirió al siglo de las guerras civiles mexicanas para asegurar el federalismo. Me hizo reafirmar que yo soy muy federalista. Me duele mucho mi país y, también, me duele mucho mi Estado. Pero, sobre todo, me duele que el Congreso de la Unión apruebe reformas antifederalistas y 80% de los gobernadores y legislaturas locales se callen complacidos.   

Algunos ingenuos creímos que el federalismo ya había triunfado. Pero resulta que hoy todavía hay quienes proponen legislaciones uniformes, autoridades centrales, mandos únicos, desaparición de poderes y que los gobiernos federados se convirtieran en delegaciones federales. Esto ha sucedido sin distinción de partidos ni de sexenios. Será porque el partido federalista ya no discute o, acaso, porque el gobierno federalista ya no gobierna. El federalismo es el último reducto que nos queda de equilibrio de poderes. Si él cae, caemos todos. Entenderlo es entendernos.

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