Escombrar México
El país tiene muchos pasivos, pero también tiene muchos activos.
Hace algunos días escribí que a muchos jóvenes ya no les gusta México. En eso también nos alineamos los ya no tan jóvenes. Pero resulta que no tenemos otro país y eso nos obliga a actuar muy bien y muy pronto. Porque hay muy buenos países para pasear, pero no los hay para vivir, para trabajar, para competir, para convivir y para rogar.
Cuando decimos que no me gusta mi casa, ni mi empleo, ni mi universidad, ni mi coche, las abuelas nos dirían que es un buen comienzo porque tengo casa, empleo, universidad y coche. Veamos mi casa. No se derrumbó su techo ni la fracturó el temblor. Simplemente está sucia, está desordenada y está descuidada. Tan sólo hay que escombrar.
Así está nuestro México. Está mugroso y está apestoso. Eso se arregla si ponemos orden y si limpiamos. Porque México no está destruido y es muy superior al tamaño de nuestra mugre, al tufo de nuestra peste y al volumen de nuestro desmoche. Ya lo demostró en el siglo XX al resolver su espantosa crisis de los años 30 y su pavorosa crisis de los años 80. Y lo hicieron en menos de 10 años. Los jóvenes lo harán mejor.
En el mundo existen como 200 países. De ellos, 100 no tienen remedio alguno. Otros 50 son toda una incertidumbre. Y los 50 que restan sí pueden tener un buen remedio, México entre ellos. No lo digo yo. Lo dicen los políticos, los economistas, los juristas, los empresarios, los intelectuales, los comunicadores y los analistas.
México tiene muchos pasivos, pero también tiene muchos activos. Tiene delincuencia generalizada, ineficiencia gubernamental, pobreza, extendida, riesgo energético, riesgo hidráulico, riesgo democrático y corrupción pandémica. Pero también tiene buena economía, buena infraestructura, buena empresa, buena prensa, buena clase profesional, buena clase trabajadora, buenas leyes, buena localización y buena paz.
Veamos que tiene menos huelgas que Italia o Inglaterra. Que tiene menos agresividad tributaria que Estados Unidos. Que tiene menos polarización ideológica que casi todos los países democráticos. Que tiene menos guerras que muchos poderosos. Y que tiene menos odios que muchos pueblos. Es un buen país. Por eso aquí vienen el campeonato de futbol, las carreras de automóviles o los conciertos de los estelares. Todos ellos jamás se acercan a un mal país.
No necesitamos tender calles y carreteras, tan sólo bachearlas. No requerimos construir presas, tan sólo limpiarlas. No precisamos edificar hospitales, tan sólo abastecerlos. Los abuelos nos dejaron una buena herencia y no tenemos que invertir mucho dinero sino mucha seriedad. Es más, ni siquiera tenemos que hacer otra revolución como la que ellos hicieron. Simplemente, honrar nuestra palabra en lugar de hablar de nuestro honor.
Es tiempo de escombrar. Por ejemplo, que los pobres necesitan empleo, educación, salud y vivienda, no que les pongamos un banco para su ilusorio bienestar. Los pobres no necesitan tener un banco. Eso parece ser una burla de María Antonieta.
Tengo sed. Tenemos sed de eficiencia, de inteligencia y de decencia. Tenemos mucha sed de buena política en el gobierno y de política de la buena en la oposición. El sediento del desierto no bebe arena porque crea que es agua sino porque tiene urgencia de beber lo que sea. El hambriento de la calle no come cartón porque crea que es filete, sino porque tiene ansia de comer lo que sea. Así, en la política no existe el espejismo. Existe la desesperación.
Cuando cambia la costa, hay que cambiar el mapa. Cuando cambia el viento, hay que cambiar el vuelo. Cuando cambia el destino, hay que cambiar el camino. Me tranquiliza que muchos jóvenes tienen muy claro que, si no cuidamos la economía, nos vamos a empobrecer. Si no cuidamos la libertad, nos vamos a humillar. Si no cuidamos nuestra seguridad, nos vamos a aniquilar. Si no cuidamos la honestidad, nos vamos a traicionar. Si no cuidamos la Constitución, nos vamos a suicidar. Y si no cuidamos la política… nos vamos a destruir.
