El placer de la lectura en fin de año

El placer de la lectura es muchas veces superado por el mayor placer de la relectura. Suele suceder que la primera lectura nos concentra sobremanera en la trama, en la tesis o en el tema, según se trate de una novela, de un ensayo o de un tratado, haciéndonos relegar nuestra atención sobre el texto, el estilo o el carácter de la obra.

Deseo que todos sean felices en esta Navidad. El fin de año es un muy buen momento de nuestra vida para reposar, para repasar, para repensar, para reparar y para reponer. También es muy propicio para leer y para releer. Mi padre recomendaba nueve recetas para hacer de esto uno de los mejores placeres.

La primera, leer en español, uno de los lenguajes más bellos de Occidente. Segunda, hacerlo en un jardín aromatizado y no necesariamente en la biblioteca. Tercera, colocado bajo la sombra que proteja del sol del trópico húmedo. Cuarta, refrescar el ambiente y el sonido con el alboroto de un apantle o de una fuente de agua fresca que provenga del deshielo de las montañas.

Quinta, sexta, séptima y octava, acompañar el libro con un poco de queso fino de La Mancha, con un vaso de buen vino del Mediterráneo, con una taza de café robusto de la América Latina y con un tabaco fresco de las Antillas. El noveno y último elemento tiene que ser un agregado personal y exclusivo. Para cada quien, la paz, la serenidad, la compañía, el confort, la hora, la indumentaria o, incluso, la ayudantía.

Leer así es todo un deleite. Pero el placer de la lectura es muchas veces superado por el mayor placer de la relectura. Suele suceder que la primera lectura nos concentra sobremanera en la trama, en la tesis o en el tema, según se trate de una novela, de un ensayo o de un tratado, haciéndonos relegar nuestra atención sobre el texto, el estilo o el carácter de la obra.

Solamente las relecturas invierten el proceso. Ante un contenido ya conocido o ante un desenlace ya sabido, el repaso de los fragmentos que nos resultan predilectos nos permiten decantar y analizar las diversas ideas del autor, la selección de sus palabras, la intención de sus mensajes y el diseño de sus construcciones literarias.

Ello tan sólo en aquellas obras que nos merecen una segunda lectura. Porque la primera lectura es, además, un cedazo que criba aquellos escritos que van a vivir en nuestra biblioteca y en nuestro recuerdo, así como aquellos que se habrán de depositar y consumir en las hogueras de nuestra chimenea y de nuestro olvido.

También así sucede con la música. Nadie podría decir que con escuchar una sola vez una canción popular o una sinfonía clásica ya ha quedado colmado y satisfecho su contacto con ella. Por el contrario, los aficionados a lo musical gustamos de escuchar muchas veces nuestras obras predilectas, bien sean clásicas o populares. Más aún, cada nueva versión de esa misma obra la escuchamos con curiosidad o hasta con apetito.

Si esto sucede con las artes musicales, cuyo contenido expresivo tiende a ser más acotado que el de las artes literarias, qué no habrá de provocarnos la lectura reiterada de aquello que alguna vez nos interesó, nos entusiasmó, nos emocionó, nos ilustró o nos inspiró.

Hay fragmentos de obras que he leído más de cien veces a lo largo de la vida y puedo asegurar que la ocasión más reciente ha sido, hasta ahora, la más grata y fructífera de todas ellas. Mucho de lo que leí de joven me ha acompañado casi todos los días.

En algunos casos, como un tributo de homenaje, he adquirido ya en mi edad madura las mejores ediciones que se han impreso de ellas y que me lo hayan permitido tanto el surtido de las librerías como las posibilidades de mi bolsillo. Sobra decir que no son para adorno de mis libreros, sino que son libros “vivos” que conviven conmigo.

Tiene razón Borges. Me gusta leer y más me gusta releer. Tengo libros políticos o jurídicos que viven en mi alcoba y, durante mis viajes, a alguno de ellos le toca el turno de acompañarme. En ocasiones no se abren durante meses o años, pero en otras me platican nuevamente mientras estoy en el reposo, en el avión o en el insomnio. Y, entonces, casi siempre se vuelven a cerrar ya con nuevas señales y con nuevas anotaciones.

Eso significa que ya nos dijimos cosas nuevas, pero con las mismas palabras, como lo hacen los viejos amigos.

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