¿A quién creerle?

Cuando se acercan los debates políticos los ciudadanos nos sentimos en la indefensión y en la orfandad. Y es que nosotros nos vemos muy alejados de la verdad política y del debate honesto. Así nos sucede lo mismo en los encuentros de candidatos que en las cumbres globales o en la Asamblea General de la ONU.

Ello es así porque, en la política, las palabras pueden ser sinceras o mentirosas. Creer o dudar de ellas en automático y sin reflexión puede llevarnos a la equivocación y a la decepción. Cuando no sabemos la verdad de algo, siempre busquemos los indicios que nos ayuden a encontrarla. Los indicios pueden ser nuestros mejores consejeros.

Por ejemplo, cuando llegamos a un restaurante al que nunca hemos ido, nos basta con acudir a los baños para suponer como está el cuidado y la higiene de las cocinas. De inmediato sabemos que si lo que se ve no recibe esmero, peor será lo que no se ve. Si sus excusados nos llevan al asco, estemos seguros que sus ollas nos llevarían a la basca. Si todavía estamos a tiempo, salgamos sin comer. Si ya no hay remedio, tratemos de olvidar.

Un segundo ejemplo, más complicado, se da cuando queremos saber el fondo de una persona. Si se lo preguntamos no podremos estar seguros de la franqueza de su respuesta. Pero si le preguntamos cómo es otra persona, lo que admira y lo que desprecia en ella, sin darse cuenta nos dará un retrato exacto de sí mismo. Si en el otro admira su patriotismo, su bondad o su honestidad, estemos confiados con él. Si en el otro admira su dinero, su audacia o su ambición, cuidemos nuestra cartera.

Así como sucede con todos esos indicios, hay algo que me preocupa. Como todo citadino, circulo a diario por las calles de las ciudades. Y es allí donde me percató de un indicio alarmante. Veo las calles reventadas. Las vialidades destruidas por los agujeros, peligrosas por las coladeras abiertas, engañosas por la falta de señalamientos. Las aceras, levantadas. Las guarniciones, quebradas. Todo esto, lo mismo en las zonas populares, que en las residenciales. Todo esto en casi todas las ciudades sin distinción de región, de idiosincrasia, ni de partido.

Desde luego, no estoy pensando en pavimentos, sino en presentimientos. Porque tampoco estoy pensando en lo que la riqueza brinda para el urbanismo. No me refiero a las lujosas vialidades de Texas, Nueva York o California ni a las excelencias de las autopistas alemanas, porque no estoy hablando de dineros, sino de funcionamientos.

Para ello, pongo un caso. Austria es la 50ª economía. No es un país ni rico ni pobre. Pero sus vialidades tienen la lisura que no arriesga las llantas, la suspensión ni la vida. Sus aceras pueden ser usadas, sin peligro, hasta por el invidente, la carriola o la silla de ruedas. Y es que Austria tiene un gobierno serio, responsable y honesto. El problema no son las calles reventadas, sino los países reventados. Veamos nuestras calles y veremos nuestro futuro.

Y aquí es donde aparecen mis temores. Que si eso es lo que se ve de la gestión gubernamental, ¿qué será de lo que no se ve? Si así está la avenida, ¿cómo estará la legalidad? Si así está la banqueta, ¿cómo estará la honestidad? Si así está el camino, ¿cómo estará el destino?

Por eso pienso en AMLO que ha gobernado la CDMX y la ha dejado como lo descrito, en lo que se ve. Yo no sé cómo haya dejado su Tesorería, ni su Contraloría, ni su Procuraduría. Pero he visto sus calles y, entonces, no entiendo

que tantos mexicanos piensen que podría gobernar bien este país. Si lo que se ve es como el baño del citado restaurante, lo más sensato sería no comer de ese plato. En otro campo, ¿qué hizo con la seguridad pública, la procuración y la impartición de justicia? También, como en el mismo restaurante, mejor ni recordarlo.

Si le preguntáramos, nunca nos mostraría el fondo real de su alma. Pero si usamos el truco sonsacador de mi segundo ejemplo, podríamos medirlo a través de que si admira o, por lo menos, valora a Napoleón Gómez Urrutia y a Alfonso Romo, ya podremos sopesar su espíritu. Si repasamos su anunciado gabinete tendríamos el diagnóstico de su naturaleza y el pronóstico de su futuro y ya sabríamos más de él que lo que pudieran profetizar el Cisen, la CIA, la KGB, el MI6 y todos juntos.

Yo no sé cómo sería José Antonio Meade en el asunto de la justicia porque no lo conozco en ese terreno, a título de ejemplo. Pero sé cómo sería de honesto porque me consta su decencia pública y privada. Así como yo no sé cómo sería Ricardo Anaya en cuanto a su moralidad. Pero lo que he escuchado que dice públicamente Felipe Calderón me haría no confiarle ni mi automóvil, aunque se ostente en la pureza. Por eso, no me interesaría platicar con él los temas de la anticorrupción.

En pocas palabras, si no sabemos a quién creerle, tan sólo fijémonos en lo que vemos y olvidemos lo que nos prometen.

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