Las elecciones y el champú
Los electores tenemos que decidir entre candidatos que, muchas veces, no sabemos
ni cómo son ni para lo que sirven.
Ello nos provoca confusión y nos arriesga
a la equivocación. Para ilustrar lo anterior quisiera recurrir a una experiencia personal muy ligera, pero muy esquemática.
Como casi todos los varones de mi generación, nunca he tenido que comprar mi champú para el pelo porque éste me lo surten en la casa de manera automática. Pero hubo un día en que, por excepción, tuve que hacerlo por mis propios medios y así llegué al supermercado.
Allí advertí una sorpresiva verdad. Cuando estuve frente a 200 etiquetas de diferentes champús quedé desconcertado. No sabía, ni sé aún, cuál es la marca buena y cuál es la mala. No sabía, ni sé aún, para qué sirven el aloe, la sábila, la manzanilla o la espinosilla. No sabía, ni lo sé aún, si mi pelo es normal, maltratado, grasoso o seco. No sabía, ni lo sé aún, si lo quiero tener sedoso, lustroso, brillante o esponjado. En pocas palabras, no sabía, ni lo sé aún, cual champú preferir y seleccionar.
Pues bien, tengo la impresión de que así estamos los electores mexicanos. No sabemos qué marca de candidato preferir. Ni siquiera los analistas políticos sabemos, con precisión, los ingredientes de cada uno de los aspirantes.
Pero volvamos al supermercado. Consulté a la dama consumidora que estaba más cerca de mí. Miró mi cabeza durante tres segundos, creo que medio levantó y frunció las cejas, tomó un frasco y lo puso en mis manos. Más tarde, habría yo de saber que su decisión fue perfecta. Esto me indicó que ella sabía lo que estaba seleccionando y yo no podía hacerlo.
A la inversa, muchas veces he aconsejado a damas que se encuentran paralizadas frente a 200 etiquetas de vinos. Con sólo preguntarles cómo les gusta el vino, para qué lo quieren, con quién lo van a compartir y cuánto desean gastar, creo haberles dado siempre una selección muy cercana a lo más atinado. La solución de ambos casos fue la información.
Durante muchas décadas los mexicanos no teníamos que preocuparnos en seleccionar a nuestros gobernantes. Alguien lo hacía por nosotros y ese alguien muchas veces decidió a la perfección y, en otras, se equivocó. Pero lo cierto es que nos liberó, para bien o para mal, del esfuerzo decisorio. Ahora, con los nuevos tiempos, ese alguien ya no está y sólo nosotros podemos decidir. Esto equivale, en mi ejemplo, a que ya no está la dama del champú y, en la vinatería, ya no estoy yo.
Para mejor proveer en el tiempo que nos resta de aquí al día de los sufragios, yo voy a hacer lo siguiente, y algunos amigos me dicen que harán lo propio.
Primero, anote los problemas que le parecen fundamentales de resolución. Yo he anotado el de la seguridad y el de la justicia. Pero cada quien habrá de seleccionar a su gusto. Hay quien dispondría, muy razonablemente, el del transporte, el de la gobernabilidad, el de los impuestos y mil más.
Segundo, anote las cualidades y atributos que usted considera que debe tener el próximo gobernante. Puede usted pensar en virtudes relativas, como la inteligencia. Puede usted pensar en virtudes absolutas, como la honestidad. Puede usted pensar en virtudes de gran formato, como la grandeza. Puede usted pensar en virtudes extrínsecas, como la imagen. Puede usted pensar en virtudes intrínsecas, como la experiencia. En fin, lo importante es que no lo deje de hacer porque le será útil para los pasos posteriores.
Tercero, tome un papel y vaya anotando lo que observe o lo que oiga de cada uno y que le parezca interesante tanto en cuanto a los problemas como en cuanto a las virtudes.
Cuarto, piense en de quiénes se van a rodear porque el equipo es muy importante. Si no me lo cree, nada más relea los periódicos y revistas de la última quincena. Así que imagine, por unos segundos, en quién se encargará de cuidar los dineros públicos o en quién se encargará de perseguir a los delincuentes. Si ya se asustó con lo que estamos haciendo, descanse un rato y respire profundo.
Por último, no crea que estoy haciendo una guasa de algo tan serio. No soy guasón y si mis palabras parecen cómicas es culpa de nuestra disparatada realidad.
Sin embargo, creo que con los apuntes que haga, con las consultas que formule y con el tiempo que pierda, se va a divertir durante algún rato. Desde luego que, con ello, usted logrará precisar cuál es su ubicación dentro del universo político.
Este ejercicio es como un sextante, aquel viejo artefacto que usaban los navegantes con el que, triangulando la posición de tres estrellas, sabían el sitio exacto de la Tierra en donde ellos se encontraban en cada momento. Todo esto le ayudará a saber dónde está parado y dónde va a estar en los próximos años.
El espacio de escritura se me acaba pero, después de las elecciones, hablaremos de democracia, de nicecracia y de su dura realidad.
Twitter: @jeromeroapis
