Sheinbaum toma control de Morena rumbo a 2027

El carnaval electoral de 2027 arranca con un año de antelación, la tradicional incontinencia de actos anticipados de campaña y una renovación cuestionada del INE, pero sobre todo con la urgencia del oficialismo de resolver la crisis en la dirigencia de Morena. Lo que se juegan es el mando fuerte en la segunda mitad del sexenio de Sheinbaum y refrendar su predominio en estados con resultados inciertos.

El enroque de Citlalli Hernández de la Secretaría de la Mujer a la Comisión de Elecciones y Alianzas de Morena da el banderazo formal que expresa la urgencia de Sheinbaum de reconducir la dirección de su partido en la puja por definir las candidaturas en junio; incluso si abre un hueco a uno de sus proyectos de gobierno más emblemáticos. Es su prioridad y no está dispuesta a correr riesgos en rentabilidad electoral por conflictos internos y de sus aliados.

El movimiento lo marca la ausencia esta vez de un liderazgo indiscutido como ejercía López Obrador para disciplinar a sus filas y la confrontación que dejó la reforma electoral con el PT y Verde. Estas circunstancias la llevaron a intervenir para enderezar la dirección con un nuevo perfil dialogante y negociador que restablezca acuerdos y conjure el nuevo tono desafiante de sus socios. Además de que el reacomodo en la estructura fortalece su control y desplaza a otras cuadrillas del obradorismo en las candidaturas.

Los pasos en el oficialismo también arrastran a la oposición, que baja sus cartas de candidatos y nuevos métodos de elección del PAN que, siguiendo a Morena, introduce la encuesta y apertura a ciudadanos externos. Envueltos en la esperanza de que México siga en las urnas el camino de Hungría con la derrota del populista ultraderechista Viktor Orbán o que la inflación haga su tarea de convencer de que son alternativa a la 4T.

El contraste es claro entre la ilusión opositora de que Morena caiga por su propio peso y las lecciones aprendidas en Palacio Nacional sobre sus fracasos en la operación política de sus últimas iniciativas. Ésta será una elección de movilización territorial donde las lógicas de poder local serán determinantes para la negociación de candidaturas y gestión de las campañas en los 23 estados bajo su poder; y de alta polarización por la confrontación de narrativas en un examen de resultados del gobierno de Sheinbaum, aunque haya perdido la oportunidad de hacer campaña con la revocación de mandato.

Pero hay pocas ideas de cambio o recambio del oficialismo y sus opositores. Una evidencia de esto es el abandono opositor del tema de la crisis de desaparecidos como zona de castigo a la política de seguridad y derechos humanos de cualquier gobierno. Otro ejemplo de que la oposición está lejos de la prioridad del país; y que, al contrario, las respuestas del gobierno están más cerca de lo que importa a la gente, incluso a pesar de equivocaciones en temas como éste.

Por eso su mayor preocupación no es la oposición, sino la discordia interna y restañar sus alianzas. Ni Sheinbaum puede jugar el rol que tuvo su antecesor ni el proyecto es suficiente aglutinante en el mar de aspiracionistas de poder y de nuevos ricos metidos en escándalos de corrupción y alardes de opulencia individual sobre la moral que pregona el movimiento. Aunque los equilibrios son difíciles porque pasan por evitar desde el tráfico de candidaturas con sus aliados hasta aceptar nombres incómodos, como el de Rafael Marín Mollinedo en Quintana Roo, porque bajo su gestión en aduanas floreció el huachicol fiscal.

La paradoja morenista es haber encontrado la mayor oposición en sus minorías aliadas por su temor a que las hegemonice, a la vez que necesitarlas para mantener la mayoría calificada en el Congreso y refrendar estados muy comprometidos por sus malos gobiernos. La derrota que le propinaron en la reforma electoral encarece la negociación con ellos y el chantaje en las candidaturas, pero es el costo que pagar por caer en un sentimiento de superioridad que llevó a la dirigencia del partido a valorarse excesivamente y menospreciarlos a ellos.

De eso da cuenta la apuesta de Sheinbaum por un perfil dialogante y negociador como el de Citlalli para restablecer equilibrios y sanar heridas sin el recurso de un liderazgo obedecido por todos, pero también distinto a la confrontación y la cerrazón política de su declinante dirección, así como la preocupación por la moralidad de sus candidatos.