La estrategia para resistir a Donald Trump evoluciona desde las primeras posiciones defensivas-reactivas hacia una colaborativa y sumisa, que se basa en ceder a cada exigencia suya con más concesiones de nuevos envíos de grupos de narcos a EU o eventuales operaciones conjuntas contra los capos criminales. Pero ¿hasta dónde México puede contener afanes injerencistas y cuáles son los límites de la soberanía?
La preocupación y nerviosismo aumentan en Palacio Nacional tras un año bajo presión de requerimientos forzosos e incesantes, pero sin atisbo de remitir, ¡quizá en las elecciones, piensan! La situación refleja creciente incertidumbre del límite para complacer a un poder ambicioso y difícil de saciar, que se alimenta de sus propias demandas; que responde a la cooperación con mayores amenazas de intervención o declaraciones que tiran la expectativa de mantener el T-MEC, como otra forma de blandir la integración comercial como arma de coacción.
En las respuestas se aducen las vicisitudes de lidiar con berrinches y caprichos de un liderazgo narcisista y mercuriano, pero no despejan la pregunta de hasta dónde está dispuesto a llegar el gobierno de Sheinbaum para aguantar los ataques.
La asimetría de fuerzas y la posición de debilidad de México se da por descontada. Pero viene siendo hora de determinar si con nuestros medios estamos en la mesa de negociación o somos parte del menú de su apetito expansionista y electoral, para parafrasear la advertencia contra el trumpismo del primer ministro canadiense, Mark Carney, en Davos; de su potente defensa de otra estrategia de las potencias medias, como México, para encarar la ley del más fuerte con alianzas y coaliciones entre ellas que tanto molestan a la potencia.
Lo cierto es que los esfuerzos de Sheinbaum por atemperar a Trump con la filosofía de la prudencia para sobrevivir son cada vez menos efectivos para contener sus ansias injerencistas. Tan sólo esta semana el empeño denodado por ahuyentar ese fantasma se materializó en nuevo envío de 37 capos, que la Justicia de EU exhibirá como otros trofeos de su guerra antidroga; a través de acuerdos de “entendimiento” que saben a capitulación de la legalidad nacional e internacional, de la que hace gala Donald Trump en el mundo con desprecio al respeto a la territorialidad.
Así, la captura (¿o entrega?) de dos objetivos criminales prioritarios para el FBI enmarca una semana de tributación para apaciguar a un presidente cada vez más imprevisible, para el que la cooperación significa acatar obligaciones forzosas y que mira a la soberanía de otros países como poco más que una representación de resistencia a sus designios. Para seguir a Carney, ¿estamos en la mesa o en la carta del menú?
La pregunta retumba en operaciones conjuntas del gobierno mexicano y el FBI en la aprehensión en México de Ryan Wedding, exatleta olímpico y uno de los 10 más buscados en EU por relacionarlo con el Cártel de Sinaloa, en medio de mensajes cruzados sobre su detención, y hasta filtraciones de que EU estaba preparado incluso para usar la fuerza para capturarlo. La fiscal general Pam Bondi afirmó que el llamado Rey de la cocaína fue detenido por agentes del FBI, cuyo director Kash Patel –línea dura de trumpismo– se reunía con García Harfuch; mientras éste anunció que se entregó a la embajada estadunidense.
La falta de acuerdos hasta en comunicados conjuntos sólo indica la desconfianza de EU en un interlocutor del que duda del compromiso de combatir a los cárteles y cree penetrado por ellos; o bien, porque los protocolos diplomáticos le parecen también irrelevantes en la ley y el orden con que Trump demuestra que los criminales no tienen refugio ni guarida en soberanía alguna, como enseñó con Maduro.
Los límites de Trump respecto a otras soberanías son claros en la frontera de su propia moral. Pero más difusos o declarativos de los principios que México defiende como innegociables, a la vez que reconoce el aumento de operaciones coordinadas con EU y ofrece profundizarlas para frenar una intervención o tener que presentarla como acciones conjuntas con el FBI u otras agencias de seguridad. Además, difícil dilema para el presidenciable García Harfuch si aparece como artífice de los tributos con que calmar el hambre de Trump en seguridad.
