El caso Rocha Moya no es un evento aislado ni prueba para la Presidenta, sino un paso más en la estrategia estadunidense antidrogas, ahora equiparada a amenaza terrorista, que pone a México en el centro. Sin embargo, Claudia Sheinbaum debiera usar la admonición injerencista para afianzar su control interno y comenzar a depurar las partes estatales envenenadas antes de que lo haga EU. Los riesgos intervencionistas existen, como indica el antecedente de las guerras de Trump en el mundo, su corolario de Doctrina Monroe y la amenaza reiterada de atacar al narco si México no lo hace. En el caso de la extradición del exgobernador de Sinaloa, la retórica de exaltación nacionalista supera la amenaza real de materializarse; pero podría usar las advertencias contra la complicidad de gobiernos con los cárteles para entrar a limpiar las instituciones y tener con qué ampliar su margen de negociación en la cooperación en seguridad y comercial.
Pocas cosas cohesionan más que el hostigamiento exterior, aunque la intromisión norteamericana es un tema divisivo en el país. En los escenarios de la cúpula militar es una posibilidad muy lejana si bien nadie puede garantizarlo al 100% frente a la imprevisibilidad de Trump, como reconocen altos mandos en privado. Y discursos presidenciales encendidos de nacionalismo contra toda “potencia que quiera decirnos cómo gobernarnos” del 5 de mayo, contrastan con la cercanía y fluidez de colaboración con el Comando Norte y la defensa norteamericana. Incluso la directora de la Política Nacional antidroga, Sara Carter, reconoce la cooperación de México en operaciones, como la caída del Mencho, tras presentarse la nueva estrategia estadunidense antidrogas y contraterrorista, que operacionaliza el objetivo de “destrucción” de los cárteles como prioridad de Trump.
Sus planes profundizan la militarización de la nueva guerra contra las drogas como asunto de seguridad nacional. EU intensificará la presión con un enfoque más agresivo de resultados “medibles” a países como México para mantener la cooperación antinarco. Si bien amenaza con una “guerra sin descanso” y el “uso de todos sus recursos diplomáticos, inteligencia, militares y económicos” contra las drogas, es otra vuelta de tuerca para hacerse del control del hemisferio occidental con la justificación legal de la amenaza terrorista y las armas de destrucción masiva en que ahora incluye al fentanilo. La estrategia estadunidense impone un gran cerco y obligará al gobierno mexicano a apurar acciones contra narcolaboratrorios, lavado de dinero, complicidades institucionales y empresas que tengan relación con los cárteles.
A pesar de su mayor agresividad, EU, en el caso Rocha Moya, se ha ceñido al Tratado de Extradición, sin acompañarse, hasta ahora, de amenazas extremas. México tampoco ha negado la extradición y tendrá que cumplirla o abrir una investigación a la que antes cerró la puerta, a riesgo de preservar la impunidad. Cuestionar su urgencia apunta a la intención de ganar tiempo para ampliar su margen de actuación con Trump y armar una respuesta clara ante la escalada de presión en el terreno económico de la renegociación del T-MEC y político hacia la elección intermedia.
Resultaría ingenuo abrazarse al discurso soberanista por creer agotada su estrategia de contención sin tener cómo sustituirla o evitar nuevas acusaciones contra políticos por corrupción; el fiscal general estadunidense advierte que vendrán otras. El plan antidroga y la orden contraterrorista indican claramente los pasos que seguirá en el largo plazo en clave de seguridad nacional. La Presidenta no parece tener otra opción que enmendar lo que no ha hecho y usar el acoso como apoyo para tomar acciones de saneamiento en las partes infectadas del Estado. La apuesta será arriesgada porque el tema polariza entre los que ven la colaboración como capitulación de la soberanía y quienes creen que la intervención externa puede solucionar el problema de la seguridad, aunque nunca ha dado buenos resultados. Pero lo que puede convencer a Sheinbaum es saber que lo que está en juego no es ver si Morena puede ganar elecciones sin vender el alma al diablo, como dice Monreal, sino la estabilidad de su gobierno.
