El halcón y la paloma

Desde que se hizo evidente el neointervencionismo de EU con Trump, su gobierno adoptó con México la política arriesgada del halcón y la paloma. Un juego increíblemente peligroso no sólo para la seguridad de la relación bilateral, sino para millones de vidas amenazadas por precipicios, como el venezolano, de desestabilización para la región.

Es el reino de la brutalidad, incluso si todos los jugadores actúan racionalmente cualquier evento incontrolable puede desencadenar resultados catastróficos. La política del riesgo permanente que, tarde o temprano, hace insoportable el grito despectivo de “gallina” con el ardid del “narcoestado” o sujeción a los cárteles; que usa el halcón para someter a su presa al borde del abismo, con la amenaza de la fuerza militar para imponer objetivos depredadores, lo mismo en Venezuela, México o Colombia.

EU ha pasado de jugar de la comunicación coactiva al ataque directo en su zona de influencia (AL) con la justificación de ser “superpotencia” sin que nadie, ni siquiera las otras (China o Rusia) o la ONU, opongan límite. El único confín es la moral de Trump, el lindero del derecho internacional de su éxito “militar increíble”, como calificó la operación para derrocar a Maduro y conseguir quedarse con su petróleo; y luego advertir operaciones terrestres en México, con la excusa de que el gobierno no se atreve a ir contra los cárteles, como a Maduro de encabezar el de “Los soles”. Cuando una superpotencia ya no requiere encubrir sus dictados imperiales con la democracia o liberación de los pueblos para excusar la violencia, lo que sigue es el terror. La suerte de miles al precio de sus vidas, si es necesario, para “limpiar” la frontera de drogas y migrantes; de debilitar gobiernos como dueño de su destino y subordinar a su expansión económica o electoral. Pero, también, el momento en que ya no hay necesidad de ocultar el abuso o avalar la violencia con la aplicación de leyes extraterritoriales es cuando el miedo se hace intolerable y responder es una tarea geopolítica y de sobrevivencia urgente, aunque la “gallina” esté acorralada.

El gobierno de Sheinbaum está atenazado por las formas gansteriles de Trump para imponerse con la fuerza, como probó con el mayor despliegue militar en el Caribe desde la Segunda Guerra Mundial y la operación contra Maduro, cuyo objetivo nunca fue rescatar la democracia venezolana del fraude electoral con que se mantuvo en el poder como un dictador; tampoco desmontar las estructuras del chavismo del que hoy se vale para ofrecer estabilidad a los inversores petroleros estadunidenses en su neoprotectorado.

El dilema que plantea Trump a Sheinbaum no debe subestimarse o reducirse a una forma de comunicación. Su dictado es categórico: o lo hace ella o lo hago yo, del vecino dispuesto a derribar la valla de la frontera de acuerdo con los intereses de la estrategia de seguridad nacional con que busca ser el dueño de nuestros destinos. La posibilidad de ataques a los cárteles no puede verse como acto aislado u otra vuelta de tuerca contra un “narcoestado”, sino como el puntal más ostentoso del corolario de la Doctrina Monroe de política exterior con la cual dominar el hemisferio occidental e instaurar un nuevo orden entre las potencias.

El gobierno de Sheinbaum no es un “narcoestado”, pero la estrategia de subrayar resultados en la colaboración y sosegar a Trump comienza a mostrar sus límites para defender la soberanía. Cuando la tensión alcanza niveles dramáticos en la relación bilateral enfrenta la disyuntiva de tomar la iniciativa de ir a fondo contra el sistema de complicidades políticas que protegen al crimen en estados y municipios, y que ninguno de los últimos cuatro gobiernos se atrevió a disolver; o ser reactiva con el insistente argumento de que la cooperación ha dado frutos, mientras su contraparte le grita “gallina” al borde del desfiladero y prepara su siguiente paso.

Pero proactividad es un camino peligroso por su potencial desestabilizador y el respaldo erróneo entre opositores a la injerencia estadunidense para debilitar a la 4T. La idea de sobrellevar el huracán de Trump hasta ver si su poder se debilita en las urnas es un riesgo cuando su principal promesa de campaña es “limpiar” la frontera antes de la elección intermedia; nada garantiza que pueda ganar tiempo hasta entonces ni que le alcance para seguir con cambios graduales después de la elección. La suerte está echada.

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