El balance del año quedará marcado por el paso tumultuoso de reformas que cambian el rostro institucional del Estado, aunque el alcance de la remodelación del poder político es incierto; no se sabe a ciencia cierta el límite y menos el resultado futuro de lo que la 4T llama cambio de régimen y opositores, autoritarismo electoral. La Presidenta dedicó su primer año a consumar el proyecto de transformación que impulsó López Obrador, en línea de un gobierno de continuidad, pero sin suficiente claridad de objetivos y medios imprecisos. Ahora además con una reforma electoral en ciernes que promete ser la más democrática, pero cierra espacios a las minorías opositoras y que, sobre todo, tensará la alianza de Morena con el PT y el Verde. Es decir, desencuentros y rasgaduras.
En los últimos siete años de la 4T, 70% de artículos constitucionales se han modificado con reformas que refuerzan la centralización respecto a la federación y el poder presidencial, por ejemplo, en seguridad y salud. El control de Sheinbaum sobre el andamiaje político de los otros dos Poderes, la Corte, la FGR y 22 estados de Morena, abarca mucho más espacio que el que tuvo su antecesor; aunque sin su liderazgo carismático y ahora más solitaria por el declive de la izquierda en América Latina. Aunque su fuerza sea mayor que gobernantes con congresos divididos o sin amplia base social, por igual su poder depende de dar resultados a las mayorías que la respaldan. Es la única medicina en un país tan desigual contra el contagio de la decepción detrás del giro a la derecha en la región y las calenturas injerencistas de EU sobre la paleta del color político continental.
Pero no es claro el destino de muchas reformas y los medios para sostenerlas, ante el acoso de Trump y su ola proteccionista. Sheinbaum constitucionalizó programas sociales para convertirlos en derechos; pero con dificultades crecientes para sostener la derrama social y la redistribución del ingreso sin suficiente crecimiento, inversión, mayor informalidad y deuda. Así, las políticas sociales insignia de la 4T con que sacó a 13 millones de la pobreza y amplió la clase media enfrentan el límite en un estancamiento económico prolongado; el confín donde toparon otros proyectos progresistas en Latinoamérica. El problema es que el viaje a lo desconocido de la reforma judicial y la incertidumbre de la renegociación del T-MEC inhiben a los capitales o de plano los ahuyentan. La Presidenta da señales de necesitarlos y se apoya en la élite empresarial para promover la inversión, pero sin traducirse en una agenda de políticas públicas, si bien reabre la puerta de Pemex y CFE a proyectos mixtos.
Sheinbaum consolida un liderazgo con alta popularidad, que contrasta con la erosión de la imagen Morena por escándalos de corrupción y ostentación de estilos de vida en las antípodas de la austeridad republicana. Su combate cimbró a la 4T por casos graves del círculo de López Obrador en Tabasco con el caso de La Barredora y vínculos con el negocio multimillonario del huachicol, o denuncias de extorsión al sindicato morenista de Pedro Haces. De ello sobresalen dos grandes errores: la persistente impunidad en la política anticorrupción y la escasa autocrítica. Todos esos dilemas se ven en clave de una regresión democrática o la profundización del proyecto de la 4T. El gobierno recorre su camino apoyado en sus bases, que no obstante muestra fisuras internas y el aumento de conflictividad por protestas sociales, a lo que responde con el discurso de polarización, aunque luce cada vez más desgastado y, sobre todo, genera un estado de confrontación que obstaculiza acuerdos imprescindibles con empresarios, productores rurales y jóvenes.
La concentración de poder no es sinónimo de gobernabilidad. Sheinbaum se debate con frecuencia entre el endurecimiento del mando fuerte o responder a las demandas con mayor apertura al diálogo. El pragmatismo como sello de su gobierno le permite alternar una y otra cara en acuerdos de reparto de poder para mantener la unidad interna de su movimiento, aunque cargue con el descrédito de liderazgos morenistas; y al exterior, con la flexibilidad que exigen las arcas estatales vacías que heredó de su antecesor y ceder a exigencias de Trump.
La principal fuerza de su poder es cumplir y dar resultados para mantener respaldo social, un camino difícil en tiempos en que la economía comienza a fijar el límite real a su proyecto.
