Elecciones 2017 ¿Política, factor de inestabilidad?
Si hubiera que escoger una palabra que resuma la jornada de hoy en las urnas para renovar las gubernaturas en Coahuila, Nayarit, Edomex y municipales en Veracruz, es incertidumbre. Sirve para referir no sólo el círculo virtuoso de la competencia sin ganador a priori, ...

José Buendía Hegewisch
Número cero
Si hubiera que escoger una palabra que resuma la jornada de hoy en las urnas para renovar las gubernaturas en Coahuila, Nayarit, Edomex y municipales en Veracruz, es incertidumbre. Sirve para referir no sólo el círculo virtuoso de la competencia sin ganador a priori, también al negativo que deriva de la falta de certeza por el mal funcionamiento de las instituciones y la corrupción electoral que convierte a los comicios en fuente de inestabilidad, a pesar de su razón de ser en democracia como mecanismo para resolver diferencias y la transmisión pacífica del poder.
Las urnas es la hora de los ciudadanos, pero hasta el último momento, el mensaje de la violencia y el temor, como dejar cabezas de puerco frente a las oficinas de Morena en Chalco o de priistas que lo apoyan, revelan la decisión de los partidos de dar la espalda a la ciudadanía si conviene a sus intereses, aunque pongan en vilo a la democracia. Alejar a los ciudadanos beneficia al voto clientelar, pero socava las posibilidades de gobernar y pervierte a la política de ser factor de soluciones a generador de inestabilidad. Ese rasero hace ver a todos como iguales y a los votantes saber más a quién nunca apoyarían o en todo caso sufragar por el menos malo hasta el milagro de ver algo distinto.
Es evidente que algo no está funcionando, y una mala respuesta sería acostumbrarse al ciclo de construir instituciones y luego aceptar que no cumplan sus objetivos o lo hagan tan encapsuladas, que fallen en una de sus primeras obligaciones, precisamente, recortar la incertidumbre política. También es un error deconstruirlas, como parecen pretender los partidos con la recurrencia de viejas prácticas de la cultura del fraude como la compra y coacción del voto. Hasta en tres mil 500 pesos se encarece el sufragio en comicios cerrados como en el Edomex, sin que se vea autoridad capaz de detener la ilegalidad.
En efecto, cada vez más los partidos por igual someten a las instituciones electorales a un estrés que las mata por la tensión de situaciones agobiantes como la “elección patriótica” de pretender imponerse con costumbres antidemocráticos, boicot a las urnas o luego la agitación política en tribunales. El peor fracaso es resignarse a una elección presidencial igual de sucia, de la que surjan gobiernos débiles y maniatados por su origen en la corrupción. La política es ya un peligro para la economía.
Unos cuantos días antes de las elecciones estatales, analistas consultados por el BdeM reconocieron que la incertidumbre por la confrontación política será una limitante del crecimiento económico los próximos meses. Por primera vez, la inestabilidad que generan los partidos en su lucha por acceder o retener el poder, “haiga sido como haiga sido”, ha aparecido como un obstáculo para la economía apenas por debajo de la inseguridad y por encima de las presiones inflacionarias o los riesgos de la relación con Estados Unidos.
En las últimas dos décadas, se dedicaron ingentes recursos humanos y económicos para asegurar la competencia equitativa por la representación política y la transmisión pacífica del poder hasta convertir nuestra democracia en la más cara del mundo. Pero el interés público que representan las instituciones electorales es plagiado por los partidos, que impiden su correcto funcionamiento. Prueba de ello es que su credibilidad depende del triunfo de uno u otro candidato, por ejemplo, si ganara Morena en Edomex o tuvieran que volver alzar la mano al PRI.
Las instituciones están para dar certeza, sin embargo, la advertencia sobre la incertidumbre de los analistas del sector privado sería un equívoco si se asociara la inestabilidad al triunfo de un partido o candidato en la contienda. El problema no es la pluralidad de propuestas en la competencia por los cargos, sino admitir la corrupción electoral como recurso para controlar el voto o torcer las reglas para detener a un partido más allá de las urnas.