Elecciones 2017, ¿cuál horizonte?

Las “batallas” electorales en las tres gubernaturas en disputa en 2017 son las más duras de su historia, en dos de ellas nunca a existido alternancia, Edomex y Coahuila. La competencia es muy cerrada y nadie puede atinar con seguridad un pronóstico de ganadores. La ...

Las “batallas” electorales en las tres gubernaturas en disputa en 2017 son las más duras de su historia, en dos de ellas nunca a existido alternancia, Edomex y Coahuila. La competencia es muy cerrada y nadie puede atinar con seguridad un pronóstico de ganadores. La incertidumbre del resultado es real como toca al estándar democrático. Pero al mismo tiempo, y contrario a esa lógica, nunca hubo campañas con tal desprestigio de partidos y candidatos e inconformidad desde la reforma política que abrió la pluralidad  y luego la “caída del sistema” en 1988, que marca el declive de la vieja autarquía priista con el reclamo opositor de anular las elecciones por fraude. ¿Cuál tendencia marca el horizonte?

A propósito de la paradoja, el exresponsable del registro de electores de la Comisión Federal Electoral en aquellos comicios del 6 de julio de 1988, José Newman, recordaba hace unos días un argumento que abrió el cambio político: “¿Por qué cambiar si tenemos la plaza llena?”, decía el líder del PRI en 1978, Carlos Sansores Pérez, para refutar la exigencia de Jesús Reyes Heroles de una  reforma política que abriera la pluralidad y creara un sistema de partidos. Le respondería el entonces secretario de Gobernación: “El hecho de que la plaza sea nuestra no significa que la ocupemos… los tendidos comienzan a vaciarse”. Acertó.

Hoy el argumento podría emplearse con los partidos que usufructúan la alternancia y frenan los cambios a costa de la inconformidad con la democracia, aunque sus cúpulas serían más difíciles de convencer porque corregir las desviaciones del sistema implicaría su salida del poder, a diferencia de los más confiados (y sensibles) reformadores priistas de los 70. La vieja demanda de abrir el juego, elecciones limpias y creíbles se desvirtuó en un tripartidismo empantanado (Rincón Gallardo dixit) y en la generalización de antiguas prácticas clientelares y corruptas de todos los partidos. Aunque igual que antes, la desconfianza y el agotamiento de expectativas comienzan a vaciar la plaza a favor  del discurso antisistema, el descontento social, la violencia y el valemadrismo. Según encuestas de Parametría, los ciudadanos creen que el crimen tiene más poder que el Presidente.

Las burocracias partidistas han devenido en máquinas trituradoras de reformas que “oxigenen” la competencia (reducción de financiamiento, reforma del Estado, candidaturas independientes viables, segunda vuelta, etcétera). La vieja exigencia de sacar los comicios de Gobernación se tradujo en llevarlos a su dominio. Las nuevas instituciones electorales son impotentes para frenar la creciente compra de voto y desviación de recursos públicos a las campañas. Al debate democrático lo sustituye la “guerra de lodo” sin propuesta como en Edomex con acusaciones, ya no sólo de corrupción, sino de vínculos con el crimen en los ataques de Josefina contra Del Mazo; y antes del PRI contra Antonio Echeverría de la coalición opositora en Nayarit o del PAN contra los priistas en Coahuila por los gobiernos de los hermanos Moreira.

En el siglo XX siempre hubo elecciones como plebiscitos del régimen partido casi único. Hoy la legalidad formal del sistema electoral no alcanza para cubrir la insatisfacción y creciente disfuncionalidad de la “partidocracia”. El diagnóstico de algunos antiguos reformadores es que la democracia se torció porque las nuevas instituciones, incluidos los partidos, no han llegado a madurar. Es una apreciación similar a la que esta semana le escuché a Agustín Carstens, para referirse a las limitaciones de las instituciones de los países emergentes para reducir la incertidumbre de los cambios económicos y tecnológicos mundiales. A la inmadurez habría que agregar ambición y ver el poder como negocio.

En efecto, la formalidad electoral es sólo el principio para canalizar pacíficamente los cambios, pero no garantía de ellos. Por ejemplo, en Coahuila hay competencia cerrada tras cuatro elecciones con dominancia del PRI en rangos de 55-60%, pero la incertidumbre en el resultado no alberga expectativas de cambio. La campaña en el Edomex, como dice Ivonne Melgar, es más de lo mismo en cuanto a apoyo estatal a la campaña del PRI y las trampas de todos. ¿Es ese el laboratorio que muchos atribuyen de las campañas estatales para las presidenciales de 2018?

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