Una relación tóxica

En el Zócalo de la Ciudad de México se regalaban ejemplares del libro de Chávez sobre su revolución. Había dirigentes, como Camilo Valenzuela y muchos otros, que defendían y alababan públicamente al chavismo.

La relación del lopezobradorismo con la dictadura venezolana es añeja. Nadie debería asombrarse de que desde la 4T se haga una defensa a ultranza del gobierno de Maduro o que ahora se defienda al caído dictador venezolano, porque México nunca, durante los gobiernos de Morena, denunció ni el fraude electoral de 2024, la detención de opositores, el cierre de medios, las torturas a los presos políticos.

En el libro Calderón presidente (Grijalbo, 2007) contamos en un largo capítulo una historia que refleja los inicios de esa relación tóxica.

“El 5 de septiembre (de 2006), unas horas antes de que ese mismo día el Tribunal Electoral del Poder judicial de la Federación declarara formalmente presidente electo a Felipe Calderón, una joven llegaba al aeropuerto de la Ciudad de México con pasaporte venezolano.

“Las autoridades de migración y de la Policía Federal en el aeropuerto la detuvieron porque no había datos de ingresos anteriores y porque presumían que podría transportar drogas o ser contacto de algún grupo de la delincuencia organizada. Era una detención de rutina… pero la joven en cuestión no era un caso de rutina: se puso muy nerviosa, exigió que no la esculcaran ni que se revisara su equipaje alegando inmunidad diplomática y finalmente terminó pidiendo la intervención de la embajada de su país, Venezuela.

“Hasta allí, continúa el relato, todo era relativamente normal, lo que hizo el caso diferente fue que la joven aseguró que era María Gabriela Chávez, hija del primer matrimonio del presidente Hugo Chávez (la otra hija de ese matrimonio se llama Rosa Virginia), una joven de toda la confianza política de su padre (ella fue, por ejemplo, la única que habló con su padre durante su corta reclusión post golpe y quien organizó la resistencia del chavismo ante el golpe que lo había derrocado en 2001), quien viajaba a México con documentos a nombre de otra persona. Aseguró que venía en una visita privada y que viajaba de esa forma por cuestiones de seguridad.

“Llegaron al aeropuerto las autoridades venezolanas y, después de las consultas pertinentes en Caracas, María Gabriela Chávez fue dejada en libertad. Estuvo en México menos de una semana y, según la información disponible, sin una confirmación oficial, pero según fuentes inobjetables, viajó a un par de puntos de la República Mexicana y se reunió con varios operadores de la coalición Por el Bien de Todos (que era la que respaldó en 2006 la candidatura de López Obrador).

“El hecho fue entendido, desde el poder, como la búsqueda de una comunicación directa del presidente Chávez con López Obrador, siendo Chávez, además, el único mandatario que no reconocía oficialmente el triunfo de Felipe Calderón… Nunca se divulgó públicamente la información para no tensar más la situación política y la relación bilateral con el gobierno de Venezuela, ya sumamente deteriorada”.

Hay más en el libro, pero la relación ya existía desde entonces, incluso en forma mucho más abierta que ahora. Había desde principios de 2000 comités chavistas en varias universidades, incluyendo la UNAM; en las sedes de la coalición y del PRD se daban charlas cotidianas sobre la revolución bolivariana. En el Zócalo de la Ciudad de México se regalaban ejemplares del libro de Chávez sobre su revolución. Había dirigentes, como Camilo Valenzuela y muchos otros, que defendían y alababan públicamente al chavismo, como hasta el día de hoy lo siguen haciendo muchos de los principales integrantes del entorno de López Obrador. En esos días, además, el chavismo estaba en sus horas altas, lejos del desprestigio nacional e internacional en que lo sumió su sucesor, Nicolás Maduro.

Defender a Maduro no tiene nada que ver con la autodeterminación de los pueblos. López Obrador y Morena no han tenido prurito alguno en elogiar a la Cuba de los Castro o criticar al gobierno de Estados Unidos o a todos los que en 2006 reconocieron la victoria de Calderón, e incluso sus aliados del PT son nada más y nada menos que fervientes admiradores del régimen de Corea del Norte, quizás el más dictatorial del mundo contemporáneo, al que no se cansan de colmar de elogios.

La no intervención fue un magnífico instrumento para la Guerra Fría que nunca se aplicó plenamente. México, por ejemplo, en 1973 rompió con el régimen de Pinochet, al tiempo que se alejó todo lo posible de las dictaduras de Argentina, Uruguay y de otros países del continente. En Colombia incluso se apoyó en su momento a las FARC, tanto que tuvieron hasta el gobierno de Calderón una oficina abierta en México, con estatus casi diplomático. En 1979 se intervino abiertamente en Nicaragua, otorgando desde asesoramiento hasta armas al Frente Sandinista para derrocar a Anastasio Somoza. Poco después, junto con Francia, se intervino de lleno en la guerra civil en El Salvador, reconociendo como parte involucrada al Frente Farabundo Martí, lo que fue esencial para lograr, tiempo después, los acuerdos de paz en ese país. O sea que se intervino y mucho.

Es tan ilegítimo el gobierno de Maduro o ahora el de Delcy Rodríguez como en su momento lo fueron el de Pinochet, el de Videla o el de Somoza. Los muertos se cuentan por miles, al igual que los presos políticos, mientras que los exiliados son millones, en un país devastado. ¿No merecía Venezuela tener el mismo tratamiento que, por ejemplo, El Salvador, a principios de los 80, de parte del gobierno mexicano?