¿Nosotros contra ellos?
Es perceptible una necesidad incesante de identificar enemigos comunes para desviar la atención de otros problemas o desafíos. Esto puede incluir a grupos étnicos, minorías, elites políticas o económicas, creando una narrativa de lucha contra estos “enemigos”.
Si bien la polarización no es una estrategia exclusiva de gobiernos populistas, éstos la han utilizado como modelo para lograr objetivos muy concretos, pero en el que más debemos poner atención es en el electoral. Las experiencias documentadas coinciden en que su uso busca desalentar la participación ciudadana, provocar apatía en los votantes y generar el desencanto hacia el sistema político.
Es bien conocida la fórmula del populismo: “Nosotros contra ellos”, pero también las narrativas, en términos de comunicación política, se agotan, sobre todo en mandatos extremadamente largos como el mexicano. Hoy, el eslogan “el amor al pueblo”, por ejemplo, no dice nada y resulta contradictorio por la violencia más alta en la historia del país, en la que las víctimas son ciudadanos.
Recurrir al segundo eslogan: “Es un honor estar con Obrador” es, sin duda, la rendición lamentable de una posible propuesta nueva y fresca de la izquierda. Lo que implica el concepto es que habrá lo mismo para los mismos, es decir, el voto duro. Ésa es una apuesta de campaña sólo descrita en esta reflexión.
“Nosotros contra ellos” vuelve a ser la estrategia de la interferencia indebida del aparato gubernamental en las elecciones. Que tampoco es ya tan poderosa ni movilizadora, porque el enemigo “neoliberal” está muy lejos y la “mafia del poder” ahora se ha desdibujado.
Mantenerlas como lema del oficialismo implicaría que el gobierno saliente no fue capaz de enfrentarlos y fracasó. Y, si fue así, entonces no es un honor estar con quien no pudo cambiar la ruta del país, hacer menos pobres a los pobres, regresar al Ejército a sus cuarteles y sí abrir espacios al crimen organizado, sacrificando la vida de los soldados, que aún no sabemos cómo votarán.
En sintonía con la entrega anterior y siguiendo el manual del populismo, ahora se ataca a las instituciones electorales para sembrar la duda de un manejo imparcial de las elecciones y, de este modo, actuar en dos rutas: o no se tiene la certeza de que su persona candidata va a ganar con un margen cerrado y, por lo tanto, no aceptará los resultados, o se piensa en una intervención inconstitucional, en la que las Fuerzas Armadas deberán tomar la decisión de colocarse del lado de los mexicanos. No pensar en este escenario es ser ingenuo.
Pero surge una pregunta pertinente, si la interferencia y ataque a los órganos electorales se realiza porque “la mafia del poder” quiere manipularlos, entonces, ¿este gobierno no pudo gobernar para contenerla, porque no hubo el apoyo popular para respaldarlo? No hace sentido.
La narrativa del “nosotros contra ellos” funcionó para la elección de 2018 porque dio un sentido de identidad entre los seguidores de López Obrador, ni siquiera Morena, que para ese entonces era un conjunto de corrientes, en su mayoría provenientes del PRI, con quienes el liderazgo se siente cómodo y no con la izquierda histórica.
Hoy vemos mensajes simples y directos que presentan problemas de manera binaria —buenos contra malos, pueblo contra elites, periodistas y medios aliados de las fuerzas oscuras, juzgadores y ministros enemigos del régimen—, es decir, se simplifica el discurso político, que busca ser más atractivo para una audiencia amplia.
Es perceptible, de igual manera, una necesidad incesante de identificar enemigos comunes para desviar la atención de otros problemas o desafíos. Esto puede incluir a grupos étnicos, minorías, elites políticas o económicas, creando una narrativa de lucha contra estos “enemigos”.
Pero lo que vemos es que esos enemigos son sectores vulnerables cuyas demandas no pueden ser deslegitimadas y que sí generan simpatías: padres de niños con cáncer, madres de desaparecidos, víctimas de la delincuencia organizada, soldados enviados a la muerte. ¿Ésos son los nuevos enemigos?
