El petate del mártir

La reforma secundaria impulsada es el debilitamiento de la autoridad electoral con fines que sólo obedecen a un proyecto político del que será despojado por los que el senador Ricardo Monreal definió con exactitud como neomorenistas

El gran error de afectar la eficacia del INE radica en que ensombrecerá el resultado de las elecciones para relevar a López Obrador. Los más preocupados deben ser sus aspirantes porque un posible triunfo se verá inevitablemente bajo sospecha del fraude electoral.

La reforma secundaria impulsada es, sin duda alguna, el debilitamiento de la autoridad electoral con fines que sólo obedecen a un proyecto político del que será despojado por los que el senador Ricardo Monreal definió con exactitud como neomorenistas.

No provienen de la izquierda, sino del clientelismo partidista del viejo PRI que por tantos años se enriquecieron de los programas sociales, lo que prevalece, según estudios de organizaciones.

Algunos se sorprendieron porque un diputado de Morena desplegó una bandera del Partido Comunista Mexicano durante la sesión en la que se cometieron vicios en el procedimiento de aprobación de las reformas secundarias. Y, de alguna manera, fue un hecho simbólico, porque la historia de la izquierda mexicana es, lamentablemente, la de las fracturas y la lucha de corrientes.

Conocí a don Arnoldo Martínez Verdugo, a Valentín Campa, Heberto Castillo, Cuauhtémoc Cárdenas y muchas y muchos luchadores sociales más. Vi el tránsito del PCM, al PMS, el Movimiento de Acción Popular, la COCEI, el PRD y, tangencialmente, el PPS, el PARM y el Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional. Luego surgiría el Frente Democrático Nacional.

Los valores de la lucha de la izquierda y del PAN fueron siempre la independencia de los órganos electorales que el PRI concentraba. Manuel Bartlett, responsable del fraude electoral de 1988, hoy guiando a Morena, representa la paradoja de esta reforma electoral.

López Obrador arriba tarde al movimiento democratizador del país, justo porque el PRI no lo hizo candidato al gobierno tabasqueño. Escaló hasta presidir el PRD; propició, sin duda, su crecimiento electoral, pero, al mismo tiempo, provocó la fuga de la izquierda histórica.

Los contrapesos le incomodaban y las corrientes internas le estorbaron, de ahí que fundó su propio movimiento. No sorprende que, al llegar a la Presidencia del país, busque anular los contrapesos: órganos autónomos que ha dejado sin integración para anularlos, su reforma para acabar con la autonomía del órgano electoral, etcétera.

Tampoco resulta extraño el que acuse un golpe de Estado —aunque es cierto que hay una gran división del alto mando de la Sedena provocada por las humillaciones constantes a las tropas— y que recurra a la expresión romántica del martirologio de que si lo encarcelan, como al peruano Pedro Castillo, sería feliz. Ni la una ni la otra acontecerán, es sólo propaganda.

Kenneth Roth, exdirector ejecutivo de Human Rights Watch, afirma que si las democracias pretenden ganar la puja global con la autocracia, sus líderes tendrán que hacer algo más que limitarse a señalar las inevitables falencias de los autócratas.

Deben, afirma, plantear una defensa más enérgica y positiva de los sistemas de gobierno democráticos, lo que implica hacer un mejor trabajo en la respuesta a los desafíos nacionales y globales, y asegurarse de que la democracia, efectivamente, ofrezca los beneficios prometidos.

Esto implica defender las instituciones democráticas, como tribunales independientes, medios de comunicación libres, legislaturas sólidas y un sector de la sociedad civil dinámico, incluso cuando eso conlleva un escrutinio incómodo de las políticas ejecutivas o hasta su cuestionamiento.

  • La narrativa oposicionista debe jerarquizar el discurso “en lugar de atizar nuestros peores sentimientos, poner en práctica los principios democráticos en lugar de meramente expresarlos, y mantenernos unidos ante las amenazas inminentes en lugar de intentar dividirnos…”.

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