Transiciones económicas y políticas

Cualquier reforma estructural debía ser negociada por actores políticos y enfrentar conflictos distributivos entre los gruposde interés beneficiarios del statu quo.

Desde hace muchos años, la ciencia política ha estudiado las causas y consecuencias de las así llamadas transiciones a la democracia: aquellas transiciones desde regímenes autoritarios de diversa índole –monarquías o dinastías, dictaduras militares, regímenes de partido único, etcétera— hacia regímenes más o menos democráticos.

Estos estudios enfatizaban las condiciones de origen, el papel de los diversos actores involucrados, las reformas legales o constitucionales, así como las muy variadas negociaciones detrás de cada transición. Por lo menos hasta el año 2000, la evidencia empírica mostraba que, a mayor desarrollo económico, era más probable observar una transición democrática. Al mismo tiempo, un detonador típico de un cambio de régimen en cualquier sentido era, justamente, una crisis o una recesión económica.

En años más recientes se han estudiado las regresiones democráticas o las transiciones desde regímenes democráticos hacia unos de plano autoritarios. Sin embargo, existe una creciente zona gris, el así llamado autoritarismo electoral: regímenes autoritarios que adoptan o disimulan adoptar instituciones típicas de las democracias —sistemas multipartidistas, elecciones frecuentes, congresos aparentemente fragmentados, mecanismos plebiscitarios, etcétera—, que son utilizados para preservarse en el poder o bien retrasar lo más posible una transición democrática. En general, estos estudios se ocupaban de democracias jóvenes o no consolidadas. Y un fenómeno más reciente es la posibilidad de observar regresiones democráticas en países que se consideraban democracias consolidadas, como es el caso de los Estados Unidos o el algunos países europeos.

A lo largo del siglo XX, de manera paralela, la ciencia económica ha estudiado otro tipo de regímenes y transiciones: las diferencias entre las economías de mercado frente a las economías planificadas de los países socialistas, las ventajas y desventajas de las empresas privadas frente a las públicas, así como las dificultades de transitar de un régimen económico a otro.

Hacia finales del siglo XX, hace ya unos treinta años, la caída de la cortina de hierro y la desintegración de la Unión Soviética permitió de manera excepcional tanto a politólogos como economistas estudiar los procesos simultáneos de transición económica y política: del socialismo al capitalismo y de un partido único a la democracia. 

Las primeras discusiones sobre transición económica tenían un corte eminentemente tecnocrático: implementar paquetes de reformas radicales versus hacerlo de manera gradual, liberalizar diferentes sectores de la economía, cuándo y cómo, privatización de empresas públicas o nuevas regulaciones, etcétera. Durante la última década del siglo XX surgía un dilema clave de las transiciones: ¿qué debía liberalizarse primero, la economía o la política?

Muy pronto los economistas se toparon con dos obviedades: que cualquier reforma estructural debía ser negociada por actores políticos y enfrentar conflictos distributivos entre los grupos de interés beneficiarios del status quo: las así llamadas reformas económicas de primera generación no podían llevarse a cabo exitosamente sin una reforma política o bien un acuerdo político que les acompañara.

Para consolidar una economía de mercado y una democracia se requiere de un complejo entramado institucional y legal, un Estado de derecho funcional, cierta estabilidad política: una liberalización económica difícilmente llega muy lejos si no viene acompañada de mayores derechos civiles y libertades políticas. Las instituciones políticas y económicas evolucionan a ritmos distintos, y muchos países pueden quedarse estancados por años con regímenes ineficientes o poco democráticos.

Todo lo anterior, que quizás para muchos puede resultar relativamente obvio ahora, no lo era tan sólo hace veinte o treinta años. La crisis económica de 2008 sacudió a muchos países, incluido el nuestro, de maneras que apenas estamos comprendiendo. Desde una perspectiva de largo plazo, tanto el desarrollo económico como la consolidación de una democracia son fenómenos relativamente frágiles. ¿Habremos aquilatado ya las lecciones de los últimos treinta años?

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