Realidad y gravedad
En la última semana participé en tres foros sobre las perspectivas políticas de este año y un balance preliminar del periodo de precampañas electorales. Una pregunta recurrente fue: ¿qué puede hacer la oposición en un escenario tan adverso como el que sugieren las ...
En la última semana participé en tres foros sobre las perspectivas políticas de este año y un balance preliminar del periodo de precampañas electorales. Una pregunta recurrente fue: ¿qué puede hacer la oposición en un escenario tan adverso como el que sugieren las encuestas nacionales más recientes?
Algunos simpatizantes de la oposición aducen que las encuestas en realidad no dicen nada, que todo puede cambiar en las próximas semanas, que acaso es mejor ignorarlas. Curiosamente, algunos simpatizantes de quienes hoy gobiernan opinaban cosas similares en 2012 y les parecía graves los posibles sesgos o errores de las encestas que no les favorecían en aquel entonces.
Las encuestas ofrecen mensajes relativamente contradictorios. El Presidente goza de aprobación, y tanto su partido como su candidata tienen mayores intenciones de voto que los de la oposición. Al mismo tiempo, muchas de esas mismas encuestas señalan que la población reprueba mayoritariamente el desempeño del gobierno en temas tan importantes como el combate a la corrupción, la inseguridad y el crimen, la calidad de la educación o los servicios de salud. Apoyan, eso sí, los programas sociales. Opino que es mejor tomar en serio lo que dicen las encuestas y actuar en consecuencia.
En cierta medida, las campañas electorales son un largo proceso de deliberación colectiva. En el mejor de los casos, el electorado observa el desempeño del gobierno y lo que ofrece la oposición con información incompleta, sesgada o asimétrica.
Por un lado, la candidata oficial y los voceros del partido en el gobierno hacen un esfuerzo de propaganda para intentar persuadir al electorado de que nunca ha habido un mejor gobierno, que la falta de logros es culpa de factores externos, que se les evalúe por sus intenciones —incluso por sus iniciativas de reforma—, antes que por sus resultados.
Por otro lado, la candidata y los partidos de oposición hacen un esfuerzo similar por persuadir al electorado de que nunca ha habido un peor gobierno que éste, que si acaso hubo logros no fueron gracias al gobierno, sino fruto de factores externos o circunstanciales, y que cualquier gobierno debe ser evaluado por sus resultados, y no por sus intenciones.
De un lado, se nos ofrece tender un segundo piso de un inexistente puente hacia Dinamarca. Una continuidad con sello propio que, extrañamente, no se atreve a dar entrevistas en medios de comunicación masiva. Del otro lado, se advierte que la democracia misma está en riesgo, y que si no vivimos ya en un régimen autoritario estamos en franca regresión hacia un régimen de partido hegemónico. A veces llegan a reconocer que ellos también cometieron errores en el pasado, pero no tantos como los que hoy gobiernan. La terca realidad está en algún punto entre ambas visiones del país.
Las disonancias no sólo ocurren en torno a las encuestas. Algunos que en sexenios pasados consideraban grave y escandaloso el cúmulo de homicidios, la inseguridad rampante, quienes se quejaban de la corrupción, el dispendio, o lamentaban un crecimiento económico mediocre, hoy parecen pensar distinto. De un tiempo a esta parte, muchos de aquellos problemas que siguen sin resolverse les parecen menos graves porque ha habido disminuciones en la pobreza, el tipo de cambio luce sólido y la economía ha recuperado su ritmo después de la pandemia. Lo que antes parecía trágico o inaceptable, hoy se pondera a la baja. Pero los problemas están allí para quienes quieran verlos.
Los árbitros electorales, INE y TEPJF, se encuentran en un momento de debilidad no visto en décadas, lo cual afecta desde ya la calidad de las elecciones. La Suprema Corte de Justicia de la Nación cuenta ya con tres ministras incondicionales al gobierno. Al gobierno sólo le falta un ministro leal más para inutilizar el control de constitucionalidad, y con ello doblegar el contrapeso del Poder Judicial. Si lo consiguen, el próximo gobierno podría legislar con mayoría simple a contrapelo de la Constitución.
Esto y más está en juego en la próxima elección. Por desgracia, no estoy seguro de que la oposición hay logrado hasta ahora transmitir la gravedad del mensaje.
