Pobreza y desigualdad
Entre 2018 y 2020, los ingresos promedio de los hogares mexicanos disminuyeron en 5.8 por ciento usando precios constantes.
A menudo el gobierno anuncia o presume que intentará reducir o paliar los principales problemas sociales del país —desde la pobreza y desigualdad hasta la inseguridad—, atendiendo las causas de raíz. Atender los problemas públicos desde sus causas últimas no parece ser una mala idea. Entre las principales causas raíz que el gobierno menciona una y otra vez en sus discursos se encuentran, entre otros, eliminar la corrupción, promover el crecimiento económico, reducir la pobreza y la desigualdad, así como promover la creación de nuevos empleos formales y facilitar las oportunidades de estudio de la población joven.
Sin embargo, tras casi cuatro años de gobierno tenemos escasa evidencia de que estas causas raíz estén mejorando sustancialmente. En otras entregas hemos analizado que el crecimiento económico ha sido decepcionante tanto antes como después de la pandemia, a la fecha existe poca evidencia de que la corrupción haya disminuido significativamente, y el impacto de la recesión pandémica en la educación apenas lo estamos conociendo.
¿Qué podemos decir del combate a la pobreza y la desigualdad en los últimos años? Cada dos años, el Inegi realiza la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares en una muy amplia muestra de hogares mexicanos con el fin de conocer los montos, procedencia y distribución de los ingresos y gastos de la población. Entre agosto y noviembre de 2020, por ejemplo, el levantamiento de la ENIGH comprendió a más de 105 mil viviendas.
Al comparar las últimas dos encuestas, el Inegi pudo estimar que, entre 2018 y 2020, los ingresos promedio de los hogares mexicanos disminuyeron en 5.8 por ciento usando precios constantes. Esta caída no fue homogénea en todas las regiones: entre 2018 y 2020, los hogares urbanos tuvieron una caída de ocho por ciento en sus ingresos, mientras que los hogares rurales tuvieron un aumento de 3.6 por ciento.
No todos los hogares tuvieron caídas similares en sus ingresos en esos dos años. Los ingresos del primer decil de hogares, el diez por ciento de la población más pobre, aumentaron 1.3%, mientras que los deciles dos al nueve tuvieron caídas de entre 2.7 y 4.9 por ciento. El último decil, el diez por ciento de la población más rica, tuvo una caída en sus ingresos reales de 9.2 por ciento.
Es justo decir que, en el mismo periodo, las transferencias gubernamentales aumentaron en 8.3 por ciento, lo cual sugiere que, en ausencia de transferencias, los ingresos de los hogares hubieran disminuido aún más.
A partir de esta información se puede estimar el coeficiente de Gini para la distribución del ingreso. Este coeficiente es una medida comúnmente utilizada para estimar la concentración del ingreso de la población y tiene un rango que va desde cero (desigualdad mínima) hasta uno (máxima desigualdad). A partir de la ENIGH 2020, se puede estimar un coeficiente de Gini de 0.468 sin transferencias, mientras que al considerar transferencias este fue de 0.415. Esto quiere decir que las intervenciones gubernamentales vía transferencias, en conjunto, ayudaron a reducir la desigualdad de la distribución del ingreso en .053 unidades. Dos años atrás, la ENIGH 2018 resultó en coeficientes de Gini de 0.426 y 0.475 con y sin transferencias, respectivamente.
Hay que analizar en qué medida la ligera mejoría en el coeficiente de Gini observada entre 2018 y 2020 (0.011 puntos) se debe a la incidencia de los nuevos programas sociales, o si en realidad se debe a una mayor caída en los ingresos de los hogares más ricos. Entre 2016 y 2018, por ejemplo, el Gini después de transferencias mejoró en .023 unidades.
Tendremos que esperar los resultados de la ENIGH 2022 para saber cuánto más aumentó la pobreza entre 2020 y 2022 con la recesión pandémica, y cuánto cambió la desigualdad en los últimos años. La evidencia a la fecha no parece sugerir que haya habido una gran transformación en las causas raíz de nuestros problemas públicos.
