Las fronteras del autoritarismo
¿Acaso México es ya un régimen autoritario? ¿Seguimos siendo una democracia? ¿Estamos a punto de dejar de serlo? Si estamos experimentando un cambio de régimen, ¿cómo se llama éste? Quizá para algunos parezcan preguntas sencillas, triviales o irrelevantes. No ...
¿Acaso México es ya un régimen autoritario? ¿Seguimos siendo una democracia? ¿Estamos a punto de dejar de serlo? Si estamos experimentando un cambio de régimen, ¿cómo se llama éste? Quizá para algunos parezcan preguntas sencillas, triviales o irrelevantes. No lo son.
A principios de este año se publicó un importante artículo académico en la revista internacional Journal of Democracy (volumen 36, no. 1, enero 2025), escrito en coautoría por Azul Aguiar, Rodrigo Castro y Alejandro Monsiváis —profesores del ITESO, la Universidad de Massachusetts-Lowell y del Colegio de la Frontera Norte, respectivamente—, titulado justamente: ¿México está a las puertas del autoritarismo?
El artículo analiza la erosión democrática de México durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, enfatizando tres aspectos: en primer lugar, los reiterados ataques desde Palacio Nacional a instituciones fundamentales en el diseño de nuestra democracia constitucional como el Poder Judicial, el Inai o el INE. En segundo lugar, la creciente militarización no sólo de la seguridad pública, sino también de una creciente lista de tareas y proyectos. Por último, las reacciones de la opinión pública frente a una concentración sin precedentes del Poder del Ejecutivo. El artículo concluye que el así llamado gobierno de la Cuarta Transformación tiene claras señales regresivas o autoritarias.
Este trabajo forma parte de una creciente literatura que discute las erosiones autoritarias alrededor del mundo, un fenómeno similar, pero distinto a las transiciones democráticas. Hace un año, por ejemplo, en este mismo espacio comenté el libro de Kurt Weyland: La resiliencia de la democracia ante la amenaza del populismo. Por otro lado, también es parte de una discusión reciente a nivel nacional sobre la evolución de nuestro sistema político.
Esta misma semana, un grupo de académicos de diversas universidades discutimos el artículo que comento en un seminario organizado por el Centro de Estudios México-Estados Unidos de la Universidad de California en San Diego. En la mesa se discutió si la democracia estadunidense o la mexicana podrían ser más resilientes. Después de todo, Donald Trump no podrá modificar la Constitución de su país, mientras que aquí han desfigurado nuestro diseño constitucional en menos de tres meses.
Otra de las preguntas que suscitó mayor discusión fue si la amenaza del segundo gobierno de Trump aceleraría o frenaría la erosión democrática que está en marcha en México. Una primera respuesta que se planteó en la mesa fue que, en los hechos, el problema más relevante de México en este momento era cómo lidiar con el giro autoritario de Estados Unidos, y no tanto con el nacional.
Otra posibilidad es, justamente, que las tendencias autoritarias de ambos países se refuercen mutuamente. Es decir, que si Estados Unidos (y el mundo) padecerá la discrecionalidad de un presidente demagogo y populista con escasos contrapesos, quizá pueda argumentarse que la mejor forma de “defenderse” de tal amenaza sea con otro gobierno igual de fuerte y discrecional en México. Quizá lo que importe ahora sea la “unidad nacional” y la supervivencia, mientras que las farragosas deliberaciones democráticas deban dejarse para mejores tiempos. Quizá a esto se refiera la presidenta Claudia Sheinbaum cuando invita al pueblo de México a cantar el Himno Nacional frente a la amenaza de nuevos aranceles o de que el gobierno estadunidense persiga narcotraficantes en nuestro suelo.
Existe, sin embargo, una tercera posibilidad. Si suponemos por un momento (sin conceder, como dicen) que la presidenta Claudia Sheinbaum no coincide del todo con la agenda regresiva que le heredó su antecesor, pero que hasta ahora no ha tenido forma de deslindarse o distanciarse de él —so pena de fragmentar su base de poder, o bien activar los diversos amarres que le heredaron, por ejemplo—, quizá sea posible que la novedosa amenaza latente de Trump le ofrezca el pretexto idóneo para dar un golpe de timón y cambiar el rumbo principal de su gobierno: ¿pero hacia dónde? Son tiempos de incertidumbre, como suelen ser los tiempos de un cambio de régimen.
