¿Hay votantes madisonianos?
A falta de buenos resultados de gobierno, es preferible el espectáculo de las embestidas contra los villanos.
Están por comenzar las campañas electorales federales y las encuestas nacionales que se han dado a conocer en fechas recientes no son muy distintas de las de finales del año pasado: una clara ventaja para el partido en el poder en las intenciones de voto. Por otro lado, en las pocas semanas que han transcurrido del año, el presidente López Obrador ha descalificado de manera general y sin ambages con varias instituciones.
Ha acusado al INE de pretender censurar sus conferencias de prensa matutinas y él mismo se ha ostentado como garante de elecciones limpias. Al Inai lo ha acusado de ser un organismo demasiado caro que ha sido tapadera y alcahuete de corruptelas. Esta semana, el destinatario del vituperio presidencial ha sido el Poder Judicial, al que lo acusa de utilizar el Estado de derecho como excusa para preservar intereses y abusos.
La embestida retórica del Presidente no sólo ha tocado a instituciones y órganos autónomos, sino también a la prensa, academia, organizaciones de la sociedad civil y movimientos sociales. El caso más reciente han sido los movimientos feministas, a quienes el Presidente ha acusado de ser manipulados por intereses oscuros que se oponen a su gobierno y a la candidatura de Félix Salgado en Guerrero. Más allá de si estos lances son reales o meramente retóricos, asunto no menor, ¿hay alguna otra lógica detrás de tales embestidas?
Enseguida presentaré una posible interpretación. Así como el Presidente culpa a la temporada electoral de muchas de las críticas que recibe recientemente, el mandatario podría utilizar el llamado púlpito presidencial para hacer su propia campaña.
Por una parte, el Presidente podría estar tratando de reforzar la narrativa simple y demagógica de que es el único líder popular capaz de confrontar y derrotar a los villanos de la élite —la otrora mafia del poder—. Este tipo de discurso puede parecer polarizador para algunos, pero para otros es un llamado a la movilización: este 6 de junio, todos deben apoyar la cruzada del Presidente.
Ahora bien, si en respuesta, la oposición o el llamado círculo rojo, lo acusan de mostrar inclinaciones autoritarias, su contrarréplica puede ser igual de simplista: “¿Ven cómo tengo razón? ¡Miren cómo respingan cuando se afectan sus intereses!”.
Este tipo de argumento oficial es falaz y contradictorio. Por un lado, parte de una premisa no demostrada —”No se confundan, no somos iguales, ya no es como antes”—, para concluir que, justo por eso, la transformación de la vida pública va viento en popa. Por otro lado, presupone que en todo momento importan más sus intenciones manifiestas —“ayudar al pueblo”—, que las consecuencias o resultados observables de sus decisiones políticas —él siempre tiene “otros datos”—.
Si estos argumentos son falaces no importa tanto porque muy pocos medios o personas dan seguimiento a temas complejos —por ejemplo, saber quién gana o quién pierde con una reforma eléctrica— y, en el peor de los casos, funciona como distractor de otros temas más difíciles de evadir. En resumen: a falta de buenos resultados de gobierno, es preferible el espectáculo de las embestidas contra los villanos. Así, cada día que el Presidente logre que no se hable de las vidas perdidas por la pandemia, el estancamiento de la economía o la inversión, el desempleo o inseguridad, es un día ganado.
Si esta interpretación es correcta, el Presidente pareciera dar por descontado que sus embates retóricos no le costarán votos a su partido, o al menos no tantos como los que movilizará en su favor. Y si esto es cierto, los intentos de la oposición por articular sus campañas electorales como una defensa de la democracia, los contrapesos, el pluralismo o las virtudes del gobierno dividido o el federalismo, posiblemente fracasarán. Siguiendo con el argumento planteado aquí, quizás una estrategia más útil para la oposición sería enfatizar los temas que el Presidente intenta evadir día con día: los malos resultados de su gobierno.
¿Será verdad que en México no hay suficientes ciudadanos que valoren los contrapesos de una democracia constitucional, o la pluralidad de un Congreso? ¿Será que no hay suficientes votantes madisonianos en nuestro país? En su defecto, ¿será cierto no hay suficientes personas afectadas por los malos resultados de este gobierno para producir un voto de castigo?
