Elecciones estatales
De acuerdo con las encuestas disponibles a la fecha, este año ni el PAN ni mucho menos el PRI pueden ser igual de optimistas como seis o doce años atrás.
El pasado domingo 3 de abril, una semana antes de que se realizara el referéndum revocatorio, cuyos resultados ya fueron comentados en esta columna, ya habían iniciado las campañas electorales locales en seis entidades de la República: Aguascalientes, Durango y Tamaulipas, actualmente gobernadas por el PAN; Oaxaca e Hidalgo, hoy gobernadas por el PRI; y Quintana Roo, gobernado por el PRD.
Vale la pena hacer memoria del ciclo electoral de seis y doce años atrás. En las elecciones locales de 2016, el PRI perdió siete de doce gubernaturas en juego y, además, fue derrotado en cuatro entidades que no habían conocido la alternancia a nivel estatal: Durango, Quintana Roo, Veracruz y Tamaulipas pasaron a ser gobernados por el PAN con o sin la ayuda de una coalición. En su momento, tales resultados fueron interpretados por algunos como una señal de que el PAN podría ser competitivo en 2018 cuando, de hecho, llegó a tener 11 gubernaturas.
Doce años atrás, en 2010, el PRI había ganado en nueve de doce contiendas en un resultado que, a la postre, fue interpretado por algunos como una señal anticipada del regreso del PRI a la presidencia con Peña Nieto. De acuerdo con las encuestas disponibles a la fecha, este año ni el PAN ni mucho menos el PRI pueden ser igual de optimistas como seis o 12 años atrás.
Este año, Morena podría pasar de gobernar 16 a 21 entidades del país tras sólo llevar cuatro años en el gobierno federal, un fenómeno por demás notable en nuestra historia electoral. Si Morena logra derrotar al PRI en Oaxaca e Hidalgo, el otrora partido hegemónico sólo gobernará dos entidades: Estado de México y Coahuila, las cuales acudirán a las urnas en 2023 con pronóstico reservado. Por otro lado, si Morena logra derrotar al PAN en Durango, Tamaulipas y Quintana Roo, la segunda fuerza política del país solamente gobernará cinco entidades: Aguascalientes, Chihuahua, Guanajuato, Querétaro y Yucatán.
Si las cifras de las encuestas no cambian demasiado este último mes de campañas, es posible que haya alternancia en cinco de seis entidades en juego —todas excepto Aguascalientes, donde el PAN luce relativamente—. En el escenario más optimista para la oposición, si logran retener Durango, quizás podrían ganar en dos de seis entidades.
Hidalgo podría conocer su primera alternancia en el gobierno estatal. Tamaulipas, Durango y Quintana Roo podrían experimentar su segunda alternancia.
Llegado el momento, habrá varias formas de leer estos posibles resultados. Una lectura optimista sería que la dinámica de alternancia a nivel local que inició hace más de veinte años simplemente sigue en marcha. Y si en algún momento una forma de aproximar o medir la democratización del país consistía en contabilizar cuántas entidades perdía el PRI, o cuántas gobernaba el PAN, quizás ahora otra forma de medirlo consista en contabilizar cuántas entidades logra gobernar Morena.
Sin embargo, los eventuales resultados de las elecciones locales también pueden tener una lectura pesimista: esta consistiría en interpretar los resultados de las elecciones locales de 2021 y 2022 como señales preocupantes del regreso de un nuevo partido hegemónico en el país. ¿En qué medida podría decirse que la velocidad con que Morena ha ido ganando terreno a nivel local no es más que una señal de avance democrático? ¿En qué medida podría decirse que la velocidad con que los partidos de oposición han sido incapaces de mantenerse en el poder es una señal de retroceso democrático? ¿En qué medida podría decirse que, quizás, los grupos de poder político local han optado por ceder terreno al partido en el gobierno?
Más que utilizar las elecciones locales como señales de humo sobre quién ganará o no en el 2024, creo que éstas deberían leerse como termómetros sobre la calidad y confiabilidad de nuestros procesos electorales y, además, sobre la calidad del sistema de partidos en México.
