Ser una reportera y columnista ha sido un privilegio, una preocupación, un desafío. Porque creo en el periodismo como espacio de registro, de deliberación y diálogo; una pata indispensable en la mesa de la democracia.
Sostengo que nuestro gremio es hijo, nieto, tataranieto de generaciones que creyeron en la palabra escrita, en la importancia de la denuncia, de vigilar al poder, y de construir justicia. Y que, para lograrlo, el entendimiento es una responsabilidad de todos.
Y sé que hoy los periodistas somos blanco del poder, porque cuando éste se ejerce con narrativas triunfantes y cautivadoras, la tarea de cotejarlas con los hechos resulta peligrosa.
Pero también estoy convencida de que el periodismo no puede conformarse con la caricaturización de nuestros representantes populares y que hacernos cargo de la complejidad sobre la cual actúan es una buena causa.
Gracias a Olegario Vázquez Aldir, a Ernesto Rivera, a Ignacio Anaya, a Pascal Beltrán del Río, a Fabiola Guarneros y a Lorena Rivera por el respaldo, por este gran periódico Excélsior que me ha permitido, cada semana, durante 20 años, intentar hacer mi parte.
Este Retrovisor comenzó a publicarse en una de las primaveras electorales de mayor riña política.
Desde el 25 de marzo de 2006, sábado a sábado, he buscado compartir las posibles rutas que los espejos de la realidad recorrida dibujan.
Han sido dos décadas de crónicas bajo la compulsión de este oficio, el de intentar saber qué pasó.
Moralejas de cinco sexenios; entretelones de cuatro tomas de protesta; dos avionazos, y el arribo de la normalizada narcopolítica.
Las historias de este Retrovisor me llevaron a husmear en las relaciones de quienes definen nuestra suerte colectiva, perfilando pronósticos, corroborables o fallidos. En todos busqué registrar el veleidoso y cíclico humor social que aplaude los tambores de guerra, después los culpa y los vuelve a ovacionar. Y que, pendularmente, sueña y teme la mano dura del gobernante en turno.
Gracias lectores, fuentes, directivos, editores, protagonistas de la vida pública, por acompañarme en el relato de un país que pasó de la imposibilidad de los acuerdos a las fanfarrias por el pacto efímero.
Excélsior, gracias por permitirme narrar el tránsito del elogio de la política del consenso al consenso del reproche a la política; los tratos en lo oscurito y el susurro de los secretos del poder.
Gracias, lectores, por alentarme a seguir en la indagación monótona, si no fuera por la alternancia en la máxima silla y el acento que sus ocupantes le ponen a los jaloneos con el vecino y a las preocupaciones eternas del petróleo, la seguridad, la migración, el comercio, el tráfico de armas, las drogas…
Gracias, por hacerme saber que no era inútil realizar las preguntas sobre la democracia del pueblo y de los ciudadanos, las fórmulas mágicas contra la desigualdad y la impune corrupción. Consignar respuestas y seguir preguntando.
Hoy celebro la terquedad de armar semanalmente el rompecabezas que se vuelve trama en los personajes. Los encumbrados que caerían y los que se escaparon del despeñadero en la tragedia, los escándalos, las omisiones y la violencia cotidiana.
Y les confieso el gozoso orgullo de haber retratado en esta columna las floridas rebeliones violeta; cada tropiezo y éxito de la representación femenina y de la silenciosa revolución paritaria, ajena todavía donde la misoginia se impone con sorna.
Mil textos confeccionados en computadoras, ipads, blackberrys, celulares. Desde el extinto avión presidencial, persiguiendo el mitin de campaña o mientras esperaba el enlace de televisión en el bullicioso Congreso.
Mil viernes, algunos de angustia, porque las notas siempre son prioridad y a veces fueron muchas. O porque en la Muralla China o en la sierra de Guerrero no había red. Y porque el tecleo costó y dolió cuando la tristeza, la salud o la agonía de los que amo me agobiaron.
Pero seguí y seguiremos por el privilegio de este acto de fe: el intento, infructuoso, de escapar de la polarización y la justicia selectiva. Y ser, en este 20 aniversario, una sobreviviente del periodismo tantas veces desahuciado por la propaganda, el encanto y el abuso del poder, el cansancio y la impotencia de no conseguir que el espejeo nos cambie el rumbo.
Gracias por acompañarme en este Retrovisor, en medio del miedo que nos aisló, confinándonos, y la conciencia de que era obligado hablar de las víctimas, de la ley de plata o plomo, del obituario de controvertidas sepulturas, y dar rostro y voz a la resistencia, dejando memoria de un México que se nos fue.
¡Que viva el periodismo!
