Woke, de despertar a cancelar

Lo woke es un tema delicado y difícil de plantear porque genera airadas disputas. Ricky Gervais se ha dedicado a señalar lo absurdo de lo que la cultura woke ha tratado de imponer como normalidad, plantea que sólo porque estás ofendido no se debe terminar la ...

Lo woke es un tema delicado y difícil de plantear porque genera airadas disputas. Ricky Gervais se ha dedicado a señalar lo absurdo de lo que la cultura woke ha tratado de imponer como normalidad, plantea que sólo porque estás ofendido no se debe terminar la conversación, ya que, “si nos prohibimos todo lo que nos ofende, terminarías viendo únicamente videos de gatitos”. Es momento de abrir la conversación acerca de qué busca el movimiento woke, porque pareciera que está censurando divergencias.

Describir lo woke no es un tema fácil, se ha ido transformando desde su origen, en los inicios de la década de los sesenta. Woke viene de despierto, por ello se dice que quienes siguen la cultura woke “han despertado”. Para la RAE, woke es un extranjerismo equivalente a concienciado/a. El diccionario de Cambridge enfatiza la conciencia sobre problemas sociales como el racismo y la desigualdad. El diccionario panhispánico del español jurídico de la RAE lo describe como política o programa que proporciona acceso preferencial a la educación, al empleo, a la asistencia sanitaria o al bienestar social a personas de un grupo minoritario que tradicionalmente ha sido objeto de discriminación (ampliando el campo a temas de género, feminismo y la orientación sexual), con el objetivo de crear una sociedad más igualitaria. Sin embargo, parece que algo no salió bien en el camino. ¿Qué pudo haber pasado?

Por un lado, acabó siendo utilizado por ciertos movimientos políticos, considerados “progresistas”, que alegan una “política identitaria” basada en los intereses y perspectivas de grupos sociales con los cuales se identifican, como los “grupos de personas con orientaciones sexuales o identidades de género no mayoritarias” (Javier Cabo Salvador, en El movimiento woke y la tiranía de la mediocridad).

Paradójicamente, aquella búsqueda de alertar sobre la discriminación se ha autorizado a aplicar la discriminación positiva. Por ejemplo, en Harvard, un estudiante asiático tenía 5.7% de posibilidad de ser admitido; los blancos, 7.5%; los hispanos, 22.9%, ante 44% de los negros, hasta que, tras 10 años después de una demanda interpuesta en 2013 por el Students for Fair Admissions permitió acabar con la discriminación positiva. Schapire lo describe en su libro El secuestro de Occidente: “Lo woke tiene un dogma postulado que no puede ser sometido al escrutinio científico e impone una moral binaria que separa al mundo entre buenos y malos en función de su identidad al nacer. Es una segregación obsesionada con detectar, denunciar y castigar las transgresiones a su visón del mundo”.

¿Dónde yerra el concepto fundamentalmente? En plantear que la diversidad está restringida a la idea de diversidad racial —posteriormente de identidades. Este actuar no significa abrazar lo que implica una verdadera diversidad; así, es una palabra que ha sido secuestrada por la ideología. La diversidad DEBE necesariamente incluir diversidad de puntos de vista. Sólo de esta manera se mantienen los diálogos que permiten una sociedad flexible.

Además, en esta caza y denuncia para el wokismo, la libertad de expresión se convirtió es un privilegio blanco, el cual es utilizado como arma contra las minorías, lo cual podría cancelar la libertad de expresión. Son los candados de silencio los que se convierten en tabúes (un tabú es algo que no puede ser cuestionado, ni siquiera hablado); por tanto, convierten una loable intención en un totalitarismo de pensamiento. Esta “cultura de la cancelación” incluye retirar el apoyo moral, financiero, digital y social a aquellas personas u organizaciones que vayan en contra de sus ideas políticas. No es de extrañar que Amnistía Internacional en su blog de la Comunidad de Valencia equipara la cultura de la cancelación con el bullying.

Otra consecuencia de la discriminación positiva es que deja fuera la meritocracia. Esto es, acordar los puestos de responsabilidad, se asignan con base en los méritos; es decir, inteligencia y habilidades. Por inaudito que parezca, propone ignorar el hecho de que los candidatos no se encuentren calificados para un puesto. Séneca escribió non est ad astra mollis e terris via, que significa “no hay un camino fácil desde la tierra a las estrellas”, necesitamos recordar cómo es el esfuerzo lo que consigue los éxitos.

Es cierto que muchos sociólogos niegan la existencia del término de discriminación positiva, sin embargo, no por darle una palabra al fenómeno deja de existir. Si se prefiere, se le puede llamar desprecio hacia un grupo legitimado por una ideología.

Se pueden escribir tesis doctorales acerca del movimiento woke, es posible observar que, más que una verdadera transformación, trajo normativas de comportamiento y lenguaje acompañadas de políticas de cancelación. Lo cual ha impedido que se genere pensamiento, porque genera una tiranía de modos de conducta, imponiendo lo que debe ser y lo que debe quedar fuera.

Combatir la discriminación con más discriminación no pareció ser una buena idea. No se trata de cambiar de bandos el privilegio. Necesitamos vivir en un mundo con verdadera tolerancia e inclusión en la que ningún individuo es más importante que otro.

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