Una reforma que deforma

Con el país amenazado por el demencial habitante de la Casa Blanca, no es recomendable ir a tales cambios legales y hasta constitucionales, sobre todo cuando se discute la ausencia de legitimidad que representa un Poder Judicial impuesto de forma grosera y, por si hiciera falta, la no menos grosera e ilegal adjudicación por Morena de una mayoría legislativa.

El debate sobre la próxima reforma política se produce en medio de no pocos problemas que requieren aprecio por aquello que se llama unidad nacional. Con el país amenazado por el demencial habitante de la Casa Blanca, no es recomendable ir a tales cambios legales y hasta constitucionales, sobre todo cuando se discute la ausencia de legitimidad que representa un Poder Judicial impuesto de forma grosera y, por si hiciera falta, la no menos grosera e ilegal adjudicación por Morena de una mayoría legislativa.

La oposición del Partido del Trabajo y del PVEM a la reforma en proceso es un aviso, sólo uno, de que estamos ante un trámite por ahora innecesario, el cual, para el gobierno y su partido, resultará en un caldo más costoso que las albóndigas.

Tampoco parece sensato suprimir las diputaciones plurinominales, que son un mecanismo que tiende a equilibrar la representación, aunque en las alturas del poder lo entienden como banquete para un solo comelón: el morenismo, que resulta insaciable cuando se trata de robar comida para alimentar la mediocridad.

Cabe hacer la aclaración de que, en el caso de los senadores plurinominales, estamos ante una criatura del priismo que nunca debió nacer, pues se supone —en política muchas cosas sólo se pueden suponer— que los senadores representan entidades federativas, no a partidos, pero la fórmula anticonstitucional ahí sigue, y la razón o sinrazón es que conviene echarle su maicito a la oposición.

No es un detalle menor que la reforma electoral y legislativa se esté cocinando sin permitir la entrada de la oposición a la cocina. Hasta ahora, las reformas habían sido consensuadas, producto de una intensa discusión que, lejos de debilitar a quienes tienen el mando, les aporta legitimidad y los fortalece. Pero ahora no se entiende así.

Para rematar, la situación de la República está lejos de ser satisfactoria. El nazi pelirrojo amenaza y la respuesta gubernamental es hacer concesiones y luego salir a declarar, envueltos en la maltrecha bandera nacional, que no hubo operativo conjunto para atrapar a Ryan Wedding, pese que estaba en México Kash Patel, director del FBI, e incluso fuerzas estadunidenses de élite, como las que capturaron a Maduro en Caracas.

Las contradicciones en torno al caso no son pocas. Por ejemplo, se dice que Wedding se entregó voluntariamente en la embajada gringa, y como prueba se ofrece una foto trucada, mientras otras versiones señalan que fue arrestado en una operación conjunta de policías locales y foráneos.

Por supuesto, no será la primera vez que se ofrecen versiones divergentes sobre un mismo hecho, pues lo mismo ocurrió con la entrada del avión gringo Hércules C-130, que presuntamente, previo permiso de autoridades del Ejército, se llevó a un grupo de policías —de policías, no de militares— a Estados Unidos para labores de capacitación mezcladas con lavado de cerebros. Lo curioso es que también se dijo que los mismos mexicanos habían sido enviados a seis destinos en la llamada Unión Americana a bordo de siete aviones. ¿Por fin?

Lo peor es que tales desfiguros ocurren cuando acá la soberbia morenista se despliega sin recato. Continúan las agresiones a periodistas, la Suprema Corte del Acordeón enseña el cobre un día sí y al otro todavía peor, en el INE tres consejeros se deslindan de un contrato otorgado a un conocido defraudador y, en Oaxaca, la votación para revocar o no el mandato termina en una grotesca farsa en el peor estilo priista.

Más grave es la política que se sigue en torno a la inseguridad. Crece la comisión de varios delitos y no parece que las autoridades puedan contener la criminalidad, las autoridades se llenan la boca con ese ejemplo de sumisión que es la entrega de capos a Estados Unidos, mientras que de este lado resultan incontenibles las matanzas ejecutadas por la delincuencia organizada o por la desorganizada.

Con la economía nacional en la lona, no parece que las tarjetas del Bienestar y otras políticas dadivosas puedan resolver las nacesidades de la gente, y éstas en algún momento le pueden estallar en la cara a la nación entera. ¿Reforma electoral en tales condiciones? No, mejor prudencia y cautela para hacer frente a los retos que, hoy por hoy, afronta la República.